Por: Alberto Borda Carranza
06 de noviembre 2017 , 09:57 p.m.
Allí lo están esperando: los hermanos Martínez con sus voces, su tiple y su
guitarra; Oriol Rangel en el piano y Otton Rangel en el bajo; Zoilo Nieto en su
bajo, Eduardo Osorio en la guitarra, El Gran Paquito con sus maracas y
cucharas de palo; Óscar Álvarez en la flauta y Gabriel Uribe en los vientos.
También,
Guillermo Amado con su tiple, Manuel Jota Bernal en otro órgano, Gentil Montaña
con su guitarra, el trío Morales Pino, el dueto Garzón y Collazos, José A.
Morales, Jorge Villamil, Lucho Bermúdez y Arnulfo Briceño. Y se unirán Berenice
Chávez, Las Hermanas Garavito, Carmiña Gallo, Helenita Vargas, Matilde Díaz,
Gerardo Arellano, Alberto Osorio, Jaime R. Echavarría y Carlos Vieco.
Sonarán sus voces, tiples, guitarras, bandolas, flautas, pianos, violines y
bajos. Todos ellos formarán parte de este inigualable concierto y
en un lugar especial estará el maestro Jaime Llano González en su órgano.
El recordado músico de 85 años falleció en Bogotá el lunes en la madrugada, por
complicaciones derivadas de una larga enfermedad que lo aquejó en sus últimos
años.
Y hablar de su vida es reencontrarse con la felicidad: un hombre recto, educado,
elegante, sencillo, gran conversador, bien plantado, un conquistador innato y,
sobre todo, un buen amigo. Compinche de sus amigos, un hombre
íntegro difícil de encontrar en la vida.
Nunca lo oí expresarse mal de algún colega y siempre tenía una frase amable así
como también estaba lleno de anécdotas y bellos recuerdos.
Que rico era compartir un aguardiente y un bambuco en su casa, donde muchas
veces tertuliamos, cuando de pronto salía con ese bello detalle de esconder las llaves
de la casa y abrir de nuevo a las 6 de la mañana, diciendo que lo hacía por la
inseguridad reinante en la ciudad.
Jaime Llano González nació el 5 de junio de 1932, en Titiribí (Antioquia) y él,
con su simpatía a flor de piel, decía que su pueblo natal era en inglés:
Titiri-bye, “porque en mi pueblo somos bilingües”.
Sus padres fueron Luis Eduardo Llano y Magdalena González. Su madre era maestra de piano y
además tocaba el tiple. Fue ella quien lo introdujo en el mundo
de la música dándole clases.
Terminó su bachillerato en Medellín, en el Liceo de la Universidad de
Antioquia, y comenzó a estudiar medicina.
Pero su espíritu aventurero lo llevó a mudarse a Bogotá, donde comenzó a vender
órganos en J. Glottmann. Así consiguió unos pesitos. Entonces, el joven Llano
González se regresó a Medellín para proponerle matrimonio a la señorita Luz
Aristizábal, gran mujer, llena de virtudes y paciencia, a quien conquistó con
versos y serenatas. Contrajeron matrimonio el 11 de octubre de 1954. De esta
unión quedan tres hijos: Jaime León, Luis Eduardo el ‘Tato’ y María Elena Llano
Aristizábal.
La pareja regresó a Bogotá, donde fijó su residencia. Es cuando Jaime conoció a sus amigos músicos, con los que inició
una interminable carrera artística. De esta manera logró ser
contratado en varios grilles de la época, donde compartió escenario con grandes
cantantes y músicos como Pedro Vargas y Alfredo Sadel.
Se inició en el grill-bar La Cabaña y su
dueño, Pedro Rueda Mantilla, le permitió dar sus primeros pasos artísticos en
su local
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Se inició en
el grill-bar La Cabaña y su dueño, Pedro Rueda Mantilla, le permitió dar sus
primeros pasos artísticos en su local.
Más tarde tocó con un grupo en
un grill llamado La Kashba, cuyo eslogan era ‘Un rincón de París en el centro
de Bogotá”, en la calle 23 con carrera 6, en un segundo piso.
Allí alternaban con un conjunto de músicos extranjeros que tocaba largas tandas
de tonadas francesas.
El conjunto en el que estaba el maestro Llano lo conformaban Felipe el ‘Chiqui’
Henao en el piano, el ‘Pote’ Tejada en el clarinete, saxo y flauta; Pedro
Caicedo en la batería, y el cantante era Alfonso Restrepo, compositor de la
conocida canción ‘Vámonos, vámonos donde nadie nos juzgue’.
Alguna vez, me contaba el maestro Llano, “tocábamos en los intermedios pero ya
estábamos metidos en la onda de la música de la Costa. Estaba de moda ‘Ay
cosita linda mamá’, y la gente se enloquecía y no paraba de bailar. El dueño
del establecimiento, que era alemán, se paraba en el borde de la pista de baile
y nos decía “¡hogible, hogible!” (¡horrible, horrible!), pero se daba cuenta de
la reacción de la gente. Entonces, al poco tiempo sacó al grupo extranjero y
nos dejó como orquesta de planta. A la gente le encantaban los porros, cumbias, merecumbés y
vallenatos que tocábamos, y así nos posicionamos. El dueño nos bautizó el
‘Conjunto Arepa’ porque la mayoría éramos antioqueños”.
El maestro Llano González hizo radio especialmente en La Voz de Colombia, Nueva
Granada y Radio Santa Fe. Participó en programas inolvidables como ‘Los
maestros’, ‘Tierra colombiana’, ‘Fantasía’, ‘Al estilo de Jaime Llano’, ‘Donde
nacen las canciones’, ‘Embajadores de la música colombiana’ y ‘Postales de
Colombia’, entre otros.
Algún día le pregunté: “Jaime, ¿cuénteme cómo era Oriol Rangel?” Él me respondió:
“Lo conocí en Bogotá. Era una persona superdotada en todo sentido, no era
normal. Era un músico de proporciones inmensas, tenía una mano izquierda
prodigiosa. Vivía en un mundo de música las 24 horas. El mundo externo no le
interesaba. Amaba los bambucos, pasillos, torbellinos y guabinas. Yo que toqué
tantas veces con Oriol, todos los días encontraba cosas diferentes y matices
que no me imaginaba que se pudieran hacer. Desafortunadamente no quedó quien lo
siga… de pronto la maestra Ruth Marulanda”.
“¿Y qué otros recuerda”, le volví a preguntar, al verlo tan animado.
“También conocí al maestro Lucho
Bermúdez, uno de los grandes compositores que ha dado la música Colombiana y a
quien le debo que me hubiera enamorado de la música de la costa Atlántica. Lucho
tiene también un puesto de privilegio en la música andina y compuso, entre
otras, ‘Espíritu colombiano’, ‘Huracán’ y ‘Plenilunio’. Recuerdo que alguna vez
le pregunté: ‘Luchito, ¿por qué no compones un bambuco?’ Y me contestó con
mucha gracia: ‘No Jaimito, es que el bambuco está muy mal hecho, tiene su
problema de la síncopa, y a las personas que no lo han sentido desde pequeños y
que no lo llevan en la sangre les cuesta mucho trabajo’. He grabado por lo
menos 30 discos de música de la Costa y lo he hecho con mucho gusto, pues en
música rítmica yo no conozco otra igual en el mundo”, me comentó Llano González.
En otra de nuestras interminables charlas, que yo solía grabar, le pregunté
cómo era el maestro José A. Morales. “Mira, no terminaría en varias noches de
contarte el señor que era José. Un señor en todo el sentido de la palabra. Me
invitó al El Socorro, su tierra (‘Pueblito viejo’), y me enamoré, porque yo
también soy de pueblo. Cada vez que llegaba a este pueblito viejo vibraba de
emoción”, me contó.
Hablando con algunos de los músicos que acompañaron al maestro, como Henry
Cuevas, este me dijo alguna vez: “Conocí al maestro Jaime Llano por el año 1976. Uno de los músicos
de su grupo me invitó a formar parte del conjunto y empezamos a tocar en El
Portón 3, en el pasaje del hotel Tequendama. Tocábamos con los
Martínez, el ‘Chiqui’ Henao y Rodolfo Cely. También se presentaba Julio César
Luna, actor y cantante argentino que era un excelente declamador, y Lida
Zamora, una actriz y cantante. En este lugar tocábamos música andina y
argentina, porque el dueño era el argentino Marcelo Fontana. Con este grupo
recorrimos el país. El maestro Jaime era un profesional serio, rígido,
perfeccionista. Fuera de la tarima era jovial, con un gran sentido del humor y
casi siempre con una copa y un cigarro en la boca. Yo le agradezco mucho que me
hubiera hecho conocer e interesar por la música andina colombiana, pues yo
venía de hacer música popular como buen valluno que soy. El maestro Llano era
único”.
Por su parte, el maestro Fernando León me dijo sobre Llano González: “Conocí a
Jaimito en Radio Santa Fe por el año 71. Fui a llevarle una carta al maestro
José A. Morales que un amigo en común, Varguitas, integrante de la Rondalla
Bumanguesa, le enviaba. Tuve la fortuna de tocar con él y con los hermanos
Martínez en el programa que tenía –‘Extensión cultural de Bogotá’–. Yo hacía la
bandola. Jaimito, una leyenda de la música Colombiana, era muy querido, algo
tímido, él hablaba más bien tocando el órgano. Muy solidario con los colegas,
vivía pendiente de sus músicos. Fueron mutuamente confidentes con el maestro
José A. Morales y hasta le pulió algunas obras instrumentales. Era amante de la
música clásica y de los tangos. Tenía una cultura musical muy amplia. Nos
enseñó el respeto por la música colombiana”.
El maestro Llano González
recibió a lo largo de su vida artística muchas condecoraciones como la Cruz de
Boyacá, El Hacha de Antioquia, Ciudadano Meritorio del Valle
del Cauca y de Santander, Hijo Adoptivo del Socorro y le otorgaron el Premio
Aplauso, como reconocimiento por su trabajo por la música colombiana.
Además, viajó representando al país por los cinco continentes. Fue
un gran embajador volante. Compuso varias obras, entre las que se destacan ‘Si
te vuelvo a besar’, ‘Orgullo del arriero’, ‘Puntillazo’. También grabó discos
con artistas colombianos y extranjeros.
En el cielo están de fiesta, un bambuco y un aguardiente… ¡Salud maestro! Gracias por su
música, gracias por tanta felicidad, usted es inolvidable.
ALBERTO BORDA CARRANZA*
Para EL TIEMPO
* Abogado y músico bogotano de la agrupación Borda y San Juan, y director del
programa radial 'Amor a Colombia' (RCN)