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viernes, 11 de septiembre de 2015

DIOMEDES, LA TELENOVELA


Por curiosidad me dio por ver esta publicitada telenovela por varias razones que no  tienen nada que ver con mi afición por este género musical y menos por el intérprete. Como colombiano, orgulloso de su patria, escucho la música de todas las regiones y el vallenato no escapa de este agrado como toda la música de la región Caribe. Diomedes Dionisio Díaz Maestre, como era su nombre completo, fue uno de los grandes intérpretes de estos ritmos, y lo digo en plural porque el género vallenato tiene sus ramificaciones que no es el asunto de este artículo.
La vida de Diomedes, el llamado Cacique de la junta, fue un caos, un desorden completo si lo prefieren y no solo en lo concerniente con las mujeres, como quiere destacarlo la serie, sino en todos los aspectos de su vida: económica, sentimental, física, mental, etc. Si como cantante escaló las cimas de la fama por sus canciones, en el aspecto puramente humano no es el mejor ejemplo para la juventud que lo sigue, en presente porque sus seguidores aumentan con el paso de los años.
Como su historia es bastante conocida, en este artículo quiero referirme a los errores por omisión o defecto que cometen en el seriado. Lo más fastidioso, para mi y otras personas, es la insistencia en el conquistador de mujeres. En cada capítulo una diferente y hasta hay capítulos con dos o tres, en los últimos, tal vez por el lio por la muerte de Doris Adriana Niño, que en la película tiene otro nombre, está más o menos fiel. No se puede negar que tuvo muchas mujeres pero tampoco en esa continuidad. En cambio si minimizan su adicción a las drogas psicoactivas, su alcoholismo desaforado, su incumplimiento y el deterioro físico que lo desgasta prematuramente.
En la novela, con el problema del homicidio encima, se ve gordo y rozagante cuando por esas fechas, en la realidad que se puede comprobar en fotografías, Diomedes estaba degenerado, flaco, demacrado y con los ojos vidriosos. No me salgan con el cuento de que no se puede adelgazar, como no; Tom Hanks, para la película El Naufrago bajo 27 kilogramos y otros artistas también lo han hecho, además tenemos en Colombia artistas del maquillaje para envejecerlo.
Otro detalle que pasa desapercibido para la gran mayoría de televidentes es la facilidad con que viaja de Bogotá a barranquilla, Valledupar, La junta y otras ciudades. La mujer, Lucia en la serie, se enfurece en La Junta y aparece la misma tarde en Bogotá. Traten de hacerlo hoy, veinte años después a ver si es tan fácil. Las distancias y el tiempo no existen para El Cacique de la junta, ni las trabas y leyes morales y éticas. Cuando hablo de éticas me refiero a su falta de compromiso con su profesión porque jamás cumplía con las citas de trabajo y de ello puedo dar fe porque fui víctima de su inasistencia a uno de sus conciertos. En muchas ciudades queda el amargo recuerdo de su falta de honestidad con su fanaticada que, enfurecida al ver que no aparecía, destrozaba los escenarios donde debía presentarse y luego, sus representantes artísticos, culpaban a los empresarios.
En el momento que narra la telenovela ya no recordaba las letras de las canciones y se drogaba en la tarima, detalles que no muestran. Para solucionarlo alargaba la mano con el micrófono para que captara las voces de los asistentes que siempre coreaban las canciones. Pero, lo más curioso es que cuando se vuela y llega a la casa del mafioso Pluma Blanca, este señor arma tremenda fiesta con trago, droga, mujeres por montones y Diomedes, en un acto de amor, se deprime y le llevan a su esposa de turno que llega a consolarlo. Como por arte de magia en el siguiente capítulo sigue la fiesta con un Diomedes barbado (barba de varios meses, ojo lo que voy a decir) y todos con la misma ropa y su esposita ya se fue tranquila para la casita.
En algunos capítulos iníciales mostraron a Diomedes consumiendo cocaína, que era una de sus adicciones, pero superó la adicción sin saber cómo; cuanto darían los terapeutas para saber la fórmula, igual la de la curación de su enfermedad: síndrome de Guillain Barré, una enfermedad de origen incierto y de la que de cada cuatro casos tres pacientes mueren y de cada cuatro a dos le repite, que le permitió la casa por cárcel y eludir la justicia.
Se puede argumentar que una telenovela es una opción y los libretistas pueden basarse en realidades para presentar la vida de un personaje público pero, a mi modo de ver, nos están entregando un cantante exitoso que supera sus problemas, incluyendo homicidio culposo, con una facilidad escalofriante. No olvidemos que muchos niños y adolescentes ven TV a esas horas y no importa la presencia de adultos, ellos sacan sus propias conclusiones porque desconocen la verdadera historia del personaje.
Me, gustan muchas canciones de Diomedes, veo a ratos la serie porque muchos capítulos se los dedican a dos o tres canciones o a la serie interminable de besuqueos con las actrices de turno, pero la verdad escueta es que el verdadero Cacique de La Junta no es el mejor ejemplo para la niñez y la juventud de Colombia aunque se enfurezcan sus fanáticos seguidores.
Edgar Tarazona Angel



martes, 3 de noviembre de 2009

ADICTO AL JUEGO


Hoy amanecí sin un centavo en el bolsillo y con la conciencia martillándome la pérdida del dinero de las pensiones de mis hijos, de los recibos de los servicios públicos, de la cuota de la casa; mejor dicho, dejé en el casino todo el dinero que llevaba para pagar estas obligaciones. En el maldito juego uno sabe cuándo empieza a jugar pero jamás sabe a qué horas ni cómo termina cada noche. Pienso que esta compulsión que me lleva a apostar es más fuerte que la droga y el alcohol; no sé, los adictos al alcohol y a las sustancias psicoactivas pierden el sentido de la realidad y después tienen la disculpa de que cometieron toda clase de disparates porque no eran dueños de sí mismos. Pero… yo, sé lo que hago cuando pongo una ficha en la mesa de Black Jack, cuando presiono los botones que marcan las apuestas en la ruleta, cuando bajo el brazo de la palanca en las máquinas tragamonedas…


Cuando adolescente participaba de todos los juegos con mis amigos del barrio y los compañeros del colegio; si no se apostaba algo abandonaba el pasatiempo que estaban empezando, para mí no tenía ninguna gracia perder horas practicando un deporte o un juego de sala por sólo el placer de divertirse; ¡qué va! Cuando no había dinero que motivara la actividad pues buscaba un sitio donde encontraba personas dispuestas a arriesgar, desde siempre fui así y con el paso de los años las apuestas se iban haciendo mayores y con mayores riesgos. Uno nunca comienza apostándolo todo a una sola jugada, es con el correr del tiempo y la “experiencia” que uno se hace jugador adicto.

Visité todas las salas con todos los juegos permitidos. En alguna época jugué billar pero me parecía tonto y un ejercicio de vagos tacar durante horas y horas para ganar una apuesta, con el riesgo que al terminar el chico o la partida, si lo prefieren, el rival pide la revancha y vuelva a tacar. Después tuve mi temporada de binguero, para que me entiendan, todos conocen ese juego llamado Bingo, pues los jugadores de Bingo reciben el mote de bingueros. Ahí comencé a sentir como ese desasosiego cada mañana por irme a jugar Bingo; sabía que abrían a las dos de la tarde el local, pero yo llegaba una hora antes para entrar de primero y escoger los cartones con los números que había calculado que saldrían ganadores y me daba rabia al encontrar rondando la entrada a otros tres o cuatro bingueros.

Después venía la tortura lenta del juego; una voz femenina, muy suave, iba cantando los números por el micrófono: I-18, O-72, B-5, y asi sucesivamente hasta que un afortunado gritaba ¡BINGO!, mostraba el cartón, comprobaban en las planillas, le pagaban y empezaba otro juego. Muchos creen que en este juego hay que llenar el cartón, que va, hay juegos de juegos: llenar una sola columna (B-I-N-G-O), formar la H, la L, la U, la O: cuando hay que llenar el cartón completo se llama Bingo pleno y dura como una hora, que aburrimiento, para que sólo gane uno de los concursantes, esa lentitud me sacó corriendo de este juego.

Ensayé con juegos de naipes y pronto descubrí que los suertudos que ganaban siempre no lo eran tanto; lo que pasa es que tienen una habilidad increíble para manipular las barajas y trabajan en llave con otro jugador. Un día que estábamos jugando 21, el tallador se dejó pescar en la trampa de un desconocido y este, sin preaviso, sacó un revólver y le pegó un tiro; creo que le hizo el gran favor de su vida, cuando se recuperó de la herida jamás volvió a jugar. El truco es tan sencillo que da pena que a uno lo tumben con este recurso: el talador baraja y se las ingenia para dejar un as (comodín) debajo, reparte rápidamente para que apuesten y mira su carta, si no le ha salido otro as o una perra (jota, caballo o rey), deja el as quieto; si le ha salido, da la segunda ronda con rapidez y se da el as que está debajo para completar la relancina o el chipolo y levantar todas las apuestas de la mesa.

Jugué todos los juegos con la baraja: 21, 31, Tute, Jodete (un juego que importó de España un amigo), Lulo, Toruro, King, Queen, Fierro, Póquer, Póquer torurado, y cuando uno no tiene con quien apostar recurre a jugar Solitario. El siguiente paso fueron los dados donde también capté innumerables trampas para esquilar incautos, luego me metí de cabeza en las riñas de gallos y allí descubrí un mundo tenebroso y cruel. No es que los galleros sean malas personas, es que cuando la sangre de los animales empieza a humedecer la arena del ruedo, ese olor se mete por la nariz hasta el cerebro y como este ya está con alcohol, la mínima diferencia en una apuesta ocasiona riñas perores que la de los dos plumíferos. De los gallos si salí escarmentado: una noche como a las once, durante una de las peleas, salí con mi amigo Ricardo del recinto al bar, allí escuchamos madrazos y gritos, luego dos disparos y, en seguida, el tropel de gente que buscaba la puerta. Nosotros corrimos y al otro día nos asomamos a la gallera; había tres Coches policiales y supimos que dos galleros habían dejado sus almas en el ruedo.

Como el que es jugador es jugador, empecé a buscar nuevos motivos para “invertir la plata”. Olvidaba decir que después del susto de los gallos dejé el juego por siete años, me casé y vi nacer y crecer dos hermosos hijos, cuando el demonio quiere perder a una persona no escatima esfuerzos. Un día pasaba por el frente de un local que decía CASINO ORQUIDEA, máquinas Paga-monedas, dije: como así, ¿luego no son traga-monedas?, lo cierto es que entré y me quedé, ya llevo como cinco años asistiendo “sagradamente” a este casino (el tiempo se vuelve algo borroso cuando la mente está concentrada siempre en las apuestas). Aquí no había que apostar contra otra persona, nadie le robaba a uno las apuestas o le trocaba los dados o las cartas. Era yo enfrente de una máquina fría y bruta (eso pensaba).

La primer moneda que introduje por la ranura de las apuestas fue mi perdición, ya no volví a parar, todos los días voy a jugar y si no tengo dinero para meterle a los ingenios de la tecnología, pues me paro a mirar hora tras hora a los otros jugadores y a comentar con otros varados como yo las incidencias de los diferentes juegos. Recién entré en el mundo de las maquinitas, solo existían esas de tres carriles, con un brazo en el costado para echarlas a andar y rogando a Dios para que se formen los TRES 777, BAR-BAR-BAR, las cerezas, los Bar dobles o triples y demás combinaciones; poco después aparecieron las de cuatro carriles con las mismas figuras pero agregaron JOKERS y ahora para optar a un buen premio debían formarse cuatro figuras iguales, otras opciones daban premios ridículos, llegaron los FARAONES y los VAQUEROS, en fin, para los jugadores de maquinitas el paraíso.

El demonio me puso la trampa perfecta, después de varios años sin jugar, me sentía curado de la adicción, el problema fue cuando el maldito Satanás, a las primeras de cambio, hizo que la hermosa máquina centelleante de luces multicolores me diera el premio mayor. ¡EUREKA! Grite, como Arquímedes, ya descubrí la forma de ganarle a estas benditas, y así empecé a ir a diario y a decir mentiras en todas partes para ocultar las verdaderas razones de la pérdida de dinero de la cartera de mi mujer, de objetos de valor que extrañamente se perdían en la casa, de os atracos que me inventaba para justificar el dinero que llevaba al banco y que había dejado en uno de los casinos de mi ciudad. Desde hace tres años llegaron nuevas máquinas que funcionan es con billetes y son más adictivas que las de carriles. En estas hay que alinear cinco figuras iguales pero dan mas opciones de ganar y de apostar.

Dicen los que no saben que el dueño del casino siempre gana; por supuesto que sí, pero no es porque los aparatos no arrojen los premios ofrecidos, lo que ocurre es que los aquejados por el virus del juego cuando ganamos nos quedamos con la disculpa de que “estamos en racha de suerte”, hasta que los aparatos vuelven a quitarnos el dinero. A los diferentes casinos va un tipo que llaman “El Profe”, es un man callado que casi no se mete con nadie, es cordial y saluda pero no es amigo de ningún jugador. Se sienta ante una maquinita, juega dos o tres billetes y si no gana nada pasa a otra y asi hasta tres veces, cuando se da cuenta que no es su día se va y punto. Varias veces lo hemos visto ganar, sacar el premio mayor y lo hemos seguido convencidos de que va para otro casino a seguir jugando, que va, compra un pollo y para el primer colectivo que lo lleva a su casa. Todos pensamos que es muy mal jugador pero en mi soledad pienso que no, que este si sabe jugar porque si pierde un poco, dice no es mi día y se va; si gana, cobra, a veces da pelo (propinas) y se va con el bolsillo lleno.

Los que tenemos problemas con el maldito, mil veces maldito juego, no podemos parar como ese malparido que le dicen “El Profe”; uno gana y le da como tembladera porque piensa que ese día Diosito Santísimo lo tiene destinado a lograr que el casino quiebre y, de ese día en adelante quebrar todos los casinos del puto mundo y se concentra uno en todas y cada una de las máquinas pensando en ir a Las Vegas y a Montecarlo a jugar y enseñarle a esos pendejos como es que juegan los colombianos pero los sueños de grandeza y de triunfo se van diluyendo a medida que el dinero que se ganó a comienzo de la noche está llegando a su fin. En este punto empieza una a pensar que disculpa le saca a la mujer, al del arriendo, al rector del colegio para explicar la desaparición del dinero. Uno jamás piensa tirarse toda la plata, sólo invertir unos pesos para multiplicar el capital, pero eso nunca sucede; ya lo dije y lo repito, el adicto, cuando gana, se empecina en multiplicar el premio hasta que llega la hora de cerrar el casino y uno queda en la calle como un perro sin dueño.

A veces un ganador de la calaña de uno queda con dinero, no porque no desee jugar más, ¡Qué va!, lo que ocurre es que cierran el casino y a esa misma hora todos los casinos y tiene que irse para su casita y esperar hasta mañana para volver a jugar. Este colega en la desgracia, de pronto, se conduele de la suerte de los perdedores porque también ha sido perdedor y da pelo para que otro dia uno se conduela y le dé a él. En serio, la tristeza, la angustia, el dolor por la pérdida hace que uno le jure a Dios, a María Santísima, a todos los santos que nunca va a pisar un casino, eso dura poco tiempo… hasta que se echa un billete o se apuesta una ficha en la mesa de Black Jack o la ruleta. He llorado infinidad de veces sentado a la orilla de la carretera esperando un carro grande para arrojármele y acabar de una vez por todas. La angustia es grande pero la ansiedad de jugar es superior a la razón. Eso no lo entienden las personas normales, por eso uno se rodea de adictos para justificar su desgracia.

Ya convencí a mi madre para que venda la casita que nos dejó mi padre al morir y me preste el dinero para invertirlo en una empresa familiar. Eso les digo a ella, a mi mujer y a mis dos hermanos mayores; yo quiero de una vez ir a l casino de mis desgracias y sentarme máquina por máquina a apostar hasta sacarles a todas el premio mayor y entonces sí, lo juro por mi Dios del cielo, por su Santísima Madre, por san José, el Niño Jesús, mi madre, mi mujer y mis hijos, que jamás vuelvo a pisar la puerta de un casino. Bueno, a veces uno exagera en los juramentos, pues ir de vez en cuando y jugar con medida. Varias veces lo he intentado pero era porque no tenía fuerza de voluntad. Ahora, con el dinero que gane apostando lo que den por la casita de mi madre, le compro una mansión para ella solita, otra para mi mujer y los niños, a cada uno de mis hermanos les doy casa y carro para que no jodan y también le doy la vuelta al mundo.

Bueno, eso tiene que esperar a que mi madrecita haga el negocio. Por ahora tengo que pensar como putas le digo a mi mujer que el dinero que sacó prestado, para ponernos al día con todas las deudas, se lo tragaron unas máquinas hijueputas, y que le va a tocar cumplir su promesa de mandarme a la mierda con mis chiros porque el juego es más fuerte que yo, que la gracia de Dios y que todos los juramentos que pueda hacerles. Mientras amanece estoy tratando de sacar valor para suicidarme, pero me detiene la idea de que la plata de mi mamá si puede permitirme cumplir todos mis sueños.

viernes, 30 de octubre de 2009

LA AUTOESTIMA


Ese es el contenido de una charla que hice a un grupo de señoras y familiares
de adictos  al alcohol y/o al juego.
Quiero comenzar analizando la palabra AUTOESTIMA: Estima= significa consideración o aprecio que se tiene hacia algo o alguien, es la valoración que le damos a esa persona o a ese objeto. Auto= uno mismo. De esto concluimos que autoestima es la valoración o a aprecio que sentimos por nosotros mismos. ¿Qué tanto nos estimamos?, esta es una pregunta difícil de responder; cada uno de nosotros es mal juez de sí mismo, tenemos la tendencia a valorarnos por lo alto, que no es bueno porque conduce a la soberbia; o, lo que es muy malo, a valorarnos por abajo, o subvalorarnos, y esto es simplemente tener una autoestima negativa, autoestima baja o, en el peor de lo casos no tener ninguna estimación por nosotros mismos.


¿Cuándo se pierde la autoestima? Rara vez se da que se pierda en forma automática, de un momento a otro, la valoración que una persona se da a sí misma se va perdiendo poco a poco, con el paso del tiempo. A medida que los valores que cada uno tiene desde su infancia se van debilitando por causas externas a su propio ser, el aprecio que se tiene la persona va disminuyendo cada día hasta casi desaparecer en algunos casos extremos. Cuando uno no se quiere está expuesto a que otro u otra lo utilicen, lo manipulen y lo conviertan en una caricatura, es decir en alguien muy diferente de lo que uno era cuando de verdad se apreciaba. Entonces, la persona con la autoestima por el suelo se somete a otra persona y se transforma en una especie de esclavo o por lo menos de sirviente del manipulador.

Nadie nace predestinado a ser sumiso, esto se aprende poco a poco durante la vida, sin darnos cuenta. Es un comportamiento aprendido y por la misma razón, puede ser modificado. Cuando se agacha la cabeza ante otros parece que muchas personas lo consideran una actitud normal; cuando se defienden los derechos legítimos, ahí sí que protesta más de uno, comenzando por el ser que abusa y maltrata, rebajando la autoestima. Son muchas las personas que van desarrollando una capacidad increíble de aceptación a normas y comportamientos que están en contra de su forma de ser, de sus principio morales y religiosos, inclusive de su salud, con tal de no llevarle la contraria a los demás; esto hace que la imagen que la persona tiene de sí misma se vea reducida a una caricatura.

Lo más grave del caso es que cada persona maltratada, humillada y con la autoestima por los suelos tiene en claro, en su cabeza, que ese ser no es ella pero, continúa el sometimiento y el auto maltrato para acoplarse a la personalidad de otros seres. En el caso de las que están en contacto con un adicto enfermo, en este caso concreto un alcohólico, es casi siempre el miedo el que no las deja actuar para superar los impulsos normales que están diciendo en su interior que no se rebajen más: que si su pareja, su padre, su hijo o su nieto alcohólico no quieren cambiar… pues allá ellos, usted no puede cambiarlos a ellos pero si puede transformarse a sí misma.

Desafortunadamente muchas mujeres (es el caso de Al-anon) se acostumbran tanto a la explotación y al abuso permanente que ya no pueden acomodarse a la realidad que las rodea y se quedan sumergidas en el pequeño mundo que les permite el borracho. Más grave para la persona con la autoestima baja es que defiende al que la está humillando con frases como estas: “el es así, esa es su manera de ser”, “Así debe ser, es que él es muy responsable y tiene derecho a…”, “pobrecito, es que tiene muchos problemas en el trabajo y yo como se los voy a agrandar en la casa…” Las disculpas abundan para justificar al dominador.

Los familiares de seres consumidos por la enfermedad del alcoholismo anteponen sus necesidades personales y de alcohol a las de toda la familia, incluyendo sus hijos. Es que no solo los familiares y amigos del alcohólico activo ven rebajada su autoestima, el mismo alcohólico no se quiere a sí mismo y, a medida que avanza la enfermedad sin que busque ayuda o trate de encontrarle solución a su problema, su imagen se va deteriorando cada vez con mayor velocidad. Ese ser cariñoso y pulcro, cumplidor de sus deberes como padre y esposo, responsable en su trabajo, se va transformando en un ser desconocido que desciende cada día un nuevo peldaño hacia la degradación… y con él arrastra a toda la familia.

Aquellos que crecimos en familias con historias de consumo alcohólico somos particularmente vulnerables a sus efectos. Aprendimos a no hablar, a no confiar, a no sentir. El mismo alcohol nos volvió débiles ante los abusos y arbitrariedades fuera de la familia. El miedo a llevar la contraria es una constante en la baja estima. Sentimos que los derechos de los demás siempre están por encima de los nuestros; en vez de superarnos nos acomodamos, en lugar de protestar y exigir decimos que sí aunque vaya en contra de lo que pensamos, de nuestros sentimientos y nuestras emociones.

Las personas con la autoestima en su nivel más bajo presentan características comunes, unas más, otras menos, todos los dependientes de otros, presentan rasgos como estos:

- Soledad. Con una sensación angustiosa de querer ser parte de algo, sin embargo la persona se aleja tanto de todo que no puede relacionarse con nada ni con nadie. Esta soledad ahuyenta a los que desean ser sus amigos, quieren acercarse pero con nuestras actitudes los rechazamos y después en nuestro interior les echamos la culpa de nuestro aislamiento y soledad.

- Temor. El miedo principal cuando se tiene baja estima es el miedo al rechazo; pero también miedo a lo desconocido, a lo nuevo, al abandono, a una negativa. Se teme a todo lo que puede representar rechazo y fabricamos las respuestas por adelantado, yo quisiera hacer tal cosa pero lo más seguro es que me digan que no…

- Necesidad de… Es el convencimiento de que no me quieren y no me pueden querer. En el fondo nos decimos que no merecemos el amor de nadie. Pero no es sólo amor de la pareja, es la necesidad de amor de nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos. La amistad de los vecinos, de los compañeros de trabajo… tampoco existe porque no creemos merecerla.

- Desconfianza. Estamos convencidos de que no somos capaces, que la tarea que pensamos emprender es superior a nuestras fuerzas, que si nos atrevemos a realizar algo nos va a salir mal. En estos estados lamentables de baja autoestima nos convencemos a nosotros mismos que no servimos prácticamente para nada, en alguna forma estamos sobrando en este mundo.

- Ingobernabilidad. Todos los factores sumados desencadenan en que se pierde el control sobre uno mismo y se establecen lazos de dependencia de otros seres, que muchas veces es total y definitiva. Esta dependencia no siempre es codependencia porque la codependencia se da en las dos direcciones y si yo dependo emocionalmente del otro pero este otro no depende de mí, sólo existe la dependencia en una dirección.

- Pensamientos de muerte. La soledad, el abandono, la desesperación, la desconfianza en nuestras capacidades, todo estos factores sumados traen una terrible depresión que puede terminar en suicidio. Las personas con baja autoestima ocupan uno de los primeros renglones en las estadísticas de suicidio o, por lo menos en intentos de auto eliminarse.

- Venganza. En el otro extremo del suicidio está el deseo de que el abusador se muera, lo maten o matarlo para que deje de fastidiar de una buena vez. Se desea con tanta intensidad que se llega a orar a Dios para que lo elimine. Después, los complejos de culpa por estos malos deseos hacen descender aun mas, si es posible, la estima.
 
¿HAY REMEDIO?


Por supuesto que hay remedio. Lo primero es tener la intención de cambiar; se asemeja al Primer paso de todas las comunidades que siguen los Doce Pasos y las Doce Tradiciones. Si no hay la intención y la certeza de querer un cambio en nuestras vidas, no ocurrirá jamás el cambio que se desea. Recordemos que no hay peor enfermo que el que no se quiere curar. Entonces, para empezar a quererse lo primero es aceptar lo contrario, es decir que uno no se quiere a sí mismo, y si no se quiere uno, ¿Cómo puede esperar que lo quieran los demás?, ¿Cómo puede una persona que no se quiere a sí misma querer a otras personas?

Para todo problema existen varias soluciones. Esta puede ser una de las respuestas:
- No alimentar la baja estima. Si cada día nos repetimos esas frases re afirmativas que perpetúan el poder de los demás sobre nosotros, pues la imagen que tenemos de nosotros se va deteriorando cada vez más. Debemos pensar y actuar en contrario, es decir, reafirmando que si podemos, que si somos, que si sentimos y que podemos cambiar para mejorar.

- Buscar ayuda. Recordemos que solos no podemos. También se debe tener bien claro que la respuesta que una persona encuentra para su problema no significa que le sirva a todos los que enfrentan el mismo conflicto. Algunos buscan ayuda profesional en psicólogos, psiquiatras, trabajadoras sociales. Muchos se refugian en la religión, esto lleva a que en la búsqueda de respuestas se cambie de creencia religiosa. Y ocurre también que en la nueva iglesia tampoco se encuentre la solución, esto desencadena nueva preguntas sin respuesta.

- La FE, definitivamente Dios es ese Poder Superior que puede ayudarnos en todo lo que pensemos hacer y cambiar. Pero, también está la fe en nosotros mismos, cuando dudamos de nuestra capacidad de resolver dilemas, es inútil el esfuerzo que gastamos tratando de cambiar porque, desde antes de intentarlo ya pensamos en la derrota. Entonces, con el convencimiento de que deseamos con toda el alma superar los miedos y salir de esa dolorosa situación que nos asfixia, damos el siguiente paso: ponernos en manos de un Poder superior que nos ama.