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domingo, 14 de junio de 2009

LATIENDITA DE LOS VERSOS

Mientras caminaba por la inmensa ciudad desconocida tenía en mente una dirección soñada; sin referencia de sitio o de placa numérica, “es un almacén de artesanías con todo lo que usted quiera comprar para llevar de recuerdo cuando regrese a su tierra”, me dijeron en varias oportunidades cuando pregunté por este rincón imaginado. Bueno, los sueños muchas veces pueden volverse realidades, pensé y continué mi peregrinar por las calles laberínticas desconocidas en busca de un oasis que podía no existir sino en mi cabeza. Varias personas que se cruzaron conmigo sonrieron al notar que iba hablando solo; en realidad no hablaba, cantaba canciones de José Alfredo, de Javier y de Pedro, tres de los grandes. Melodías y letras que desde la cuna se grabaron en mi mente y que ahora repetía al caminar por la metrópoli más grande del planeta. Decenas de manos se extendieron a mi paso para mendigar una moneda; mujeres con niños en brazos trataron de conseguir mi caridad; niños con ancestro indígena marcado en sus rasgos me ofrecieron guiarme a donde quisiera ir, sin límites de apetencias: “Gringo –dijeron confundidos por mi cabello claro- ¿tú querer ganya?, nosotros llevarte, ¿querer fuqui- fuqui?, jajaja, nosotros saber dónde encontrar viejas…; hombres jóvenes con una cara indudable de drogadictos y vendedores de droga al menudeo, me secreteaban cosas al oído, no les entendí las palabras pero si las intenciones. Aquí y allá, en diferentes manos se quedaron todas las monedas que llevaba en el bolsillo. Observé por milésima vez la foto de la tienda que había llegado a mi correo, sin ninguna seña particular; sólo decía en alguna parte ARTESANIAS y nada más; pero se adivinaba una variedad extraordinaria de artículos típicos manufacturados: tejidos, cerámicas, pirograbados, adornos, móviles, muñecos de felpa y de los otros, reproducciones de cuadros famosos y pinturas de artistas locales, imágenes de muchos santos y destacándose sobre todo el conjunto abigarrado la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Cuando el diablo quiere perder a su víctima se encarga de mandarle íncubos o súcubos para despertarle los bajos instintos. Pero cuando Dios, o como se llame el Poder Supremo de uno, quiere salvarlo, se las ingenia para llevarlo a su destino. En una de tantas plazas encontré un niño tocando violín como los ángeles; valía la pena escucharlo y, por supuesto, lo hice. Estaba interpretando uno de los caprichos de Paganini con una facilidad increíble para sus escasos años y la dificultad técnica de la pieza. Al terminar pasó una gorra de beisbolista donde cayeron algunas monedas de su improvisado público. Como había regalado ya todas las monedas que llevaba conmigo eché un billete de cinco dólares, el de más baja denominación que llevaba conmigo en ese momento. El chamaco me miró con los ojos abiertos y, también confundido, me dijo: “míster, no tengo para darle cambio”. A pesar de su negativa para aceptar la invitación de un extraño nos sentamos a tomar gaseosa y me contó sus sueños de volar. Lo que hacía era a escondidas de sus padres para reunir dinero y viajar a Europa a estudiar en uno de los grandes y famosos conservatorios del Viejo Continente. Charla que va y confidencia que viene, resulté preguntándole por la tiendita que buscaba. Me miró con los ojos agrandados por el asombro porque precisamente era la tiendita de su madre quien, a propósito, debía estar desesperada por su tardanza. Ya me consideraba su amigo y caminamos unas diez calles hasta el local que tenía yo como destino. No tenía necesidad de entrar. Desde la entrada supe que su interior era idéntico a la imagen mental, más clara que la foto; cada figura, cada cuadro, cada muñeco, cada imagen estaba colocada en el sitio y en la posición que yo le había asignado en la imaginación. La dueña no estaba pero una anciana muy bella, de cabellos blancos y manos de seda me atendió como sólo una madre puede hacerlo. Después de empacar mi compra me regaló una hojita de papel con un poema. “Es el recuerdo de esta tiendita”, me dijo. Cada persona que entra, aunque no compre, se lleva un poema de mi hija y, todos vuelven. A solas leí y releí el poema; era un soneto y no sé porqué, me pareció que algo de mi estaba reflejado en esos versos. La autora no me conocía, nada sabía de mí. Pero después de la coincidencia afortunada de encontrar al niño cómo no iba a creer en otras coincidencias tan afortunadas. Claro que volví varias veces mientras permanecí en el país azteca y cada visita era premiado con un poema. Sólo me queda un pesar en el alma; viajé de regreso a mi país sin conocer a la poetiza. Por esas cosas del destino que me hicieron encontrar la tiendita, que bauticé “de los versos” también el mismo hado me impidió conocer a esta dama que escribía cosas tan bellas para regalar a los afortunados visitantes de su almacén. Ahora, en la distancia, sólo me queda agradecerle esas diez páginas que conservo y desear a su niño que cumpla sus sueños de convertirse en un virtuoso del violín.

martes, 26 de mayo de 2009

VAGABUNDO

VAGABUNDO (Esta bella historia es colaboración de mi amiga mexicana Estrella de Belén) De pronto, olvidó quién era. No recordaba su nombre, ni su pasado. Perdió todo vestigio de su historia. Simplemente estaba sentado en una banca de aquel parque que de algún modo le era familiar aunque no sabía a ciencia cierta por qué. Se miró las manos, el reflejo de su rostro en el agua de la fuente, caminaba con pasos vacilantes tratando de esclarecer su mente para conocer...y reconocerse. Pero no. Todo fue inútil. Estaba encerrado dentro del cuerpo de un desconocido, como un preso, sin poder escapar de ahí. A partir de entonces, la calle fue su hogar, el basurero proveedor de alimentos, los rincones apartados sus dormitorios, el silencio y anonimato sus compañeros inseparables. Andaba por todas partes, observaba todo cuanto tenía delante de él buscando indicios, señales que no llegaban. Hasta que se acostumbro a ser solo una sombra maloliente que vaga por todas partes sin rumbo ni dirección. Las avecillas que trinan y vuelan con libertad, los niños con su inocencia, las mujeres con su cadencioso andar, los hombres con su virilidad, el cielo estrellado, la luna con sus diferentes fases, los rayos del sol cálidos a veces y cegadores en ocasiones, la lluvia que empapa rítmicamente...esos eran sus únicos acompañantes en esa nueva vida nublada y silenciosa. Un día, el viento trajo hasta él un periódico. Tomó las hojas de papel entre sus manos y observo cuidadosamente las letras, los gráficos, los anuncios, las fotografías. Todo aquello era parte de su mundo perdido, en algún recoveco de su atrofiada memoria algo se removía mientras él miraba. Luego prestó atención a las letras ¡Podía reconocerlas! comenzó a leer las palabras escritas. Sí, ¡él sabía mucho de palabras escritas!. Entonces comenzaron a revolotear en su cabeza frases, versos, pensamientos dormidos. Las voces martillaban dentro de él hasta provocarle vértigo de tanto movimiento. Todo aquello que había querido expresar mientras convivía con la naturaleza luchaba por salir como aves enjauladas que claman por recobrar su libertad y retomar el vuelo. Al dar vuelta a la hoja se encontró con el retrato de un hombre cuyo rostro le era habitual. Claro ¡Era él!. Antonio Quijano decía el pie de foto. Comenzó a leer los pormenores de aquello que había extraviado: Alguna vez fue escritor, catedrático, tenía hijos, nietos y una esposa que lo buscaba con desesperación. Salió de casa y nunca más regresó. Sí. Algo de eso parecía evocar. Se puso de pie y comenzó a andar hasta llegar a aquel parque en el que el olvido se había apoderado de él. Se sentó en la misma banca y trató de virar la cinta de su existencia. Se levantó de ahí aún confuso y marchó calle abajo, luego a la izquierda hasta llegar al retorno arbolado y al final de la avenida...su casa. Sí. Aquella residencia con paredes de cantera y rejas de diseño rebuscado era su casa. ¡Tenía que serlo!. Un automóvil se detuvo en la puerta y un joven bajó de él. ¿Arturo? ¡Sí! era Arturo, su hijo. ¡Estaba recordando!. Corrió hasta alcanzarlo antes de que entrara a casa. -Muchacho- le llamó con emoción. Pero aquel ni siquiera lo miró. -Aléjese de aquí- Le ordenó con indolencia y entró sin hacerle caso. En el majestuoso prado estaba José, su nieto más pequeño. Jugaba con una pelota ajeno a todo lo que pasaba. En la mesa de jardín su esposa tomaba café con pastelillos rodeada de sus amigas. Hasta donde estaba él podía escuchar su conversación: Las tiendas departamentales, el vestido que llevó a la exposición de pintura, el peinado que está causando furor, la última sesión en el spa. Ahora se acordaba de todo. Tenía mucho dinero, sí. Pero no era feliz. Aquella tarde salió a caminar sin decirle nada a nadie, se sentía derrotado a pesar de que acababa de enterarse de su nominación para una de las condecoraciones más importantes que le pueden otorgar a nivel internacional a un escritor. Sin embargo, se sentía agobiado, con el alma hueca. Llegó hasta el parque y se sentó en la banca para observar a una pequeña comiendo helado de limón frente a él. "Tan simple que es la vida y tan complicada que la vuelve uno", había pensado. Y sí, estaba en la cima del éxito. Se codeaba con gente adinerada, con triunfadores. Pero al conocerlos un poco más a fondo advirtió que, al igual que él, se sentían incompletos e infelices en muchos aspectos. Otros, a los que consideraba colegas invaluables lo traicionaron una y mil veces, plagiaron sus obras, lo envolvieron en chismes, trataron de desprestigiarlo al tiempo que comían en su mesa y sentaban a sus hijos en las rodillas para cantarles canciones de cuna. Lo peor vino después, cuando descubrió a Manuel, su editor, en la cama con su mujer. Lo habían traicionado en sus propias narices, él mismo le abría las puertas de su casa y lo invitaba a pasar. Canallas. El diario decía que ella lo buscaba con desesperación, y sin embargo, estaba ahí conversando despreocupadamente de mil tonterías. Lo que seguramente le angustiaba era que a consecuencia de su desaparición perdería el premio literario, y éste representaba mucho dinero. Y a pesar de todo, ya no le dolía el corazón. Al no poseer nada, se había reencontrado con lo verdaderamente trascendente. Tenía todo el tiempo del mundo para él mismo, disfrutando el día a día, los tesoros de la naturaleza, la bondad espontánea de mucha gente, humilde sí, pero que con generosidad invaluable se acercaban a él para invitarle un bocado, para ofrecerle una moneda, una cobija...una sonrisa franca. Hacía mucho que no se sentaba en una mesa elegante llena de platillos exquisitos gracias a las manos expertas de un chef de prestigio internacional, pero por alguna extraña razón, ahora disfrutaba todo lo que se llevaba a la boca, aunque saliera de un basurero o fueran los restos de los platos que desdeñó algún comensal. En su tiempo de fama y fortuna, llegó a pagar mucho dinero para que los especialistas descubrieran la causa de su insomnio y lo curaran. Había probado de todo pero nada lograba hacerlo conciliar el sueño. Mientras que siendo un vagabundo, cada noche, aún en el piso de tierra, en un rincón olvidado, en medio de la lluvia, a pesar de las ráfagas inclementes del viento, había dormido tranquilo, en paz, soñando cosas felices. Quizás la pérdida de memoria lejos de ser un castigo divino, había sido una bendición, ese camino sin rumbo estaba carente de maldad, de traición, de interés. Le dolían sus hijos, pero tampoco los reconocía ya, se habían vuelto déspotas, insolentes y malagradecidos. Solo José con su niñez inocente y pura, solía arrojarse a sus brazos en cuanto lo veía, con total sinceridad. En ese momento, la pelota llegó rodando del otro lado de la verja hasta él. El niño se apresuró a alcanzarla. El vagabundo desvió la mirada tratando de ocultar el rostro. Pero José ya había visto sus ojos. -¿Abuelo?- le preguntó con timidez Antonio se apartó y sin decir palabra comenzó a caminar. A esa hora las mujeres solían llevar a sus hijos a la plaza para arrojar migas de pan y maíz a las palomas. ¡Qué espectáculo tan maravilloso era aquel! Los chiquillos reían encantados y esas risotadas le traían a la mente -ahora lo sabía con certeza- el sonido del agua de una catarata al estrellarse en su furiosa e intempestiva caída.     Elena Ortiz Muñiz