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miércoles, 29 de noviembre de 2017

LA MASACRE DE LAS BANANERAS SÍ EXISTIÓ: LA DEMOLEDORA RESPUESTA DE UNA HISTORIADORA A MARÍA FERNANDA CABAL


La representante a la Cámara María Fernanda Cabal sorprendió este martes con una declaración que dejó boquiabierto a más de un historiador y estudioso de los orígenes de la violencia en Colombia. En el programa de Vicky Dávila, de La W Radio, la congresista uribista dijo que la masacre de las bananeras, ocurrida en los años veinte en Colombia, era un mito histórico de la "narrativa comunista".
"[...] Gabriel García Márquez crea el mito de los 3.000 trabajadores asesinados; no los consigue usted ni recogidos de las poblaciones vecinas para que vayan y trabajen. Eso no es cierto”, dijo Cabal.
La historiadora Leidy J. Torres Cendales escribió para SEMANA este texto sustentado con datos y telegramas de la época, en el que deja entrever que lo de Cabal no es más que una distorsión de la realidad con fines políticos en tiempos de la posverdad. Este es el escrito:
La Masacre de las bananeras de 1928 es uno de los hechos históricos más recordados por los colombianos. En su momento fue reivindicada por el movimiento obrero y por Jorge Eliécer Gaitán, pero quien lograría generalizar el conocimiento del suceso fue Gabriel García Márquez. En Cien Años de Soledad, el Nóbel puso en la boca de José Arcadio Buendía la polémica cifra de muertos que ha mantenido vivo el debate: “debían ser como tres mil”. Hoy, nuevamente, ese número y la existencia misma de la masacre son objeto de discusión por las declaraciones de la congresista María Fernanda Cabal. No obstante, habría que recordarle que dicha controversia es vieja y ha sido ampliamente desarrollada por los historiadores profesionales.
© Semana La masacre de las bananeras sí existió: la demoledora respuesta de una historiadora a María Fernanda Cabal
Ya en 1998, cuando se cumplían 70 años de los sucesos, Eduardo Posada
Carbó sugirió que la cifra de García Márquez era imprecisa y que la ficción literaria había calado demasiado hondo entre los historiadores. A partir de allí, algunos de ellos empezaron a escudriñar en periódicos colombianos como El Espectador y El Tiempo, pero sobre todo en fuentes extranjeras como el New York Times y los National Archives of Washington, buscando una visión más sopesada y alejada de la “narrativa comunista”, como la llama Cabal. A partir de dichos datos, los historiadores han concluido que, efectivamente, detrás de las cifras de la masacre hay una enorme indefinición. No obstante, de falta de certezas en los números a negar la masacre hay un largo trecho.
No es cierto, como dice la congresista, que 3 mil fuera un número exagerado de trabajadores para la zona bananera. Desconoce Cabal la importancia económica del cultivo de banano de las primeras décadas del siglo XX, las dimensiones de la migración de campesinos hacia las plantaciones y las cifras que el mismo New York Times registra el 26 de noviembre de 1928, cuando establece la cantidad de huelguistas en 12 mil.
La representante a la Cámara se queda también con la versión oficial, publicada en El Tiempo el 6 de diciembre de 1928, según la cual los huelguistas abandonaron la vía pacífica y optaron por vías de hecho, “forzando” al ejército a intervenir. Ignora, de nuevo, la congresista Cabal, que el mismo Jefe Civil y militar de la Provincia de Santa Marta, el General Carlos Cortés Vargas, enviado por el presidente Miguel Abadía a lidiar con el conflicto, señalaba apenas un día antes de la masacre que “la organización de los huelguistas era sorprendente” y “aunque armados de machetes ni huyen ni atacan, pero rodean las tropas con la esperanza de que los oficiales simpaticen con ellos”. De hecho, el mismo periódico El Espectador titulaba el 10 de diciembre que Cortés Vargas había descargado “sobre una multitud obrera inerme y pacífica”.
La masacre de las bananeras sí existió: la demoledora respuesta de una historiadora a María Fernanda Cabal
Finalmente, frente a la cifra de muertos, debemos recordar como el mismo
general Carlos Cortés Vargas reconoció en sus memorias la existencia de 9 muertos. Si 9 personas asesinadas no le parecen suficientes a la Senadora para aceptar que lo ocurrido en Ciénaga fue una masacre, tendremos entonces que recurrir nuevamente a Washington. El Embajador norteamericano en Colombia para 1928, Jefferson Caffery, reportó 100 muertos recién ocurrida la masacre. Para el 14 de diciembre sus estimaciones sobrepasaban el centenar y los heridos los contaba en más doscientos. Ya en uno de sus últimos telegramas sobre el tema tenía “el honor de informar que el asesor legal de la UFC aquí en Bogotá dijo ayer que el total de huelguistas muertos por las autoridades militares colombianas estaban entre 500 y 600”. (National Archives of Washington).
La masacre de las bananeras sí existió: la demoledora respuesta de una historiadora a María Fernanda Cabal
Actualmente son pocos los historiadores que creen en la existencia de una
única verdad sobre el pasado. La mayoría de nosotros sometemos nuestro conocimiento, como el de todas las ramas del saber, a la pregunta de quién lo enuncia, cómo y con qué intereses. No obstante, una cosa es asumir la responsabilidad de reconstruir  los hechos históricos integrando la pluralidad de versiones y otra muy distinta aceptar la manipulación y distorsión de la realidad con fines políticos, la mal llamada “posverdad”. Las cifras sobre la masacre de las bananeras son controvertibles, por supuesto, como también lo es la cantidad de personas torturadas y asesinadas en los campos de concentración de Auschwitz. Incluso las circunstancias en las cuales se abrió fuego a los huelguistas en 1928 también pueden ser discutidas. Sin embargo, ese debate debe pasar por los argumentos informados, basados en fuentes de información relativamente creíbles y por la sensibilidad, que parece hemos perdidos los colombianos, para sentir la misma indignación por la matanza de 9 trabajadores, de 600, o de 3.000. El punto no es el número de muertos, sino la necesidad de no invisibilizar las víctimas de la violencia, vengan del espectro que vengan, en el presente o en el pasado.
*Historiadora. Magíster en Historia.
Docente Facultad de Filosofía y Humanidades

Universidad de la Salle

miércoles, 31 de agosto de 2016

OPINIÓN DE HÉCTOR ABAD FACIOLINCE SOBRE EL DOCUMENTO PARA EL PLEBISCITO

Reflexión del hijo de una víctima de la violencia colombiana

Poesía y prosa de un acuerdo imperfecto

El autor de “El olvido que seremos” leyó las 297 páginas del pacto de paz entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc y estas son sus conclusiones
El Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las FARC tiene mucho de poesía (ilusión, alegría, esperanza), pero también mucho de prosa: habrá complicaciones, desengaños, enemigos furiosos, contragolpes… Ojalá no haya atentados ni venganzas, como ocurrió otras veces. Si la gente no ha salido masivamente a las plazas a celebrar con palomas blancas y pañuelos al viento, no es porque no esté contenta, sino porque las nuevas plazas del mundo son las redes sociales y porque Colombia ha tenido tantas desilusiones y los enemigos de la paz están tan llenos de odio, que más vale manifestar nuestra alegría con serenidad, discretamente, sin humillar con tanta felicidad a los que piensan que el país ha caído de rodillas ante el comunismo. Antes de ir a la prosa del Acuerdo, recitemos la parte poética con todo el optimismo que se merece un momento histórico tan trascendental como este.
Este Acuerdo de Paz es un sueño cumplido y una noticia maravillosa para los colombianos. Esta ilusión se había frustrado tantas veces, que ahora parece mentira y todavía no nos la creemos. Como logro político, es el mayor éxito diplomático y jurídico de un gobierno desde que tengo memoria. Su significado es histórico y su importancia social inmensa e indudable. Nuestros negociadores civiles y militares, sacrificados y eficientes, se merecen todo nuestro agradecimiento; como mínimo habrá que darles la Cruz de Boyacá por los servicios prestados al país. Y un descanso tan largo como estos años de cansancio. Los efectos benéficos de los diálogos para la disminución de la violencia común y política han sido evidentes incluso desde antes de la firma del Acuerdo: el solo hecho de sentarse a hablar en La Habana moderó el conflicto armado: hubo muchos menos civiles, soldados, policías y guerrilleros muertos. Hoy celebramos este Acuerdo, en un país que de tanto pelear se había acostumbrado a la guerra, como algo maravilloso y extraordinario, como un raro regalo de esperanza. Colombia ha sufrido tanto, hemos tenido tantas víctimas y tanto dolor, que este Acuerdo nos llena de orgullo y felicidad. El futuro, al fin, parece tener una cara distinta, una cara de dicha.
Dicho lo anterior, sin embargo, hay que entrar en la prosa del asunto. Lo primero que hay que decir es que el texto mismo del Acuerdo es lo menos bueno de todo el Acuerdo, por mucho que un mamotreto así haya sido necesario o inevitable para equilibrar tantos temores, obligaciones y para conciliar intereses opuestos. De la Calle y Jaramillo querían la cárcel para sus adversarios, pero no la temían para sí. La guerrilla no aceptaba “las mazmorras del régimen”; pretendía un premio y no un castigo por sus muertos. Se encontró un punto medio. Por eso el texto es complejo, farragoso y difícil de leer.
Para empezar, es mucho más largo que la misma Constitución. Consta de 297 páginas en letra menuda o, para ser más precisos, de 128 mil palabras, cuatro mil párrafos, 839 mil caracteres y se requieren al menos ocho horas de concentración para leerlo bien. Toda una novela, y no muy amena: pesada, repleta de formalismos y de siglas, de parágrafos, repeticiones, notas y salvedades. Hacía mucho no me fatigaba tanto leyendo. Es como leer 300 páginas de instrucciones de uso de un aparato completamente desconocido para nosotros: el mecanismo formal y legal de algo muy extraño para Colombia, la paz.
Si quitamos adverbios, artículos, preposiciones y conectores lógicos, la palabra que más se repite en el Acuerdo es precisamente la palabra “acuerdo” (1024 veces). La sigla FARC está escrita 597 veces, la palabra “gobierno” 513 y la palabra “paz” se repite 502 veces. Para encontrar en el texto una cosa palpable, no sustantivos abstractos como “derecho”, “participación” o “proceso”, hay que buscar mucho. El más frecuente es “arma” (200 veces), pero como ven todavía es un sustantivo genérico: no es un fusil, una pistola, una granada o un revólver. En general todo el texto del acuerdo está hecho de ideas, de aspiraciones, de filigranas jurídicas o de propósitos bien intencionados, pero uno nunca sabe si las grandes palabras (justicia, verdad, reconciliación, igualdad, derechos) van a encarnar en realidades concretas.
Uno descansa cuando lee algo exacto que se puede tocar con las manos: cada guerrillero raso recibirá 689 billetes de mil pesos mensuales durante dos años. Se podrá estar de acuerdo o en desacuerdo con este sueldo, pero al menos se entiende. Es mucho más fácil que descifrar parrafadas jurídicas de bostezo como “el espacio de interlocución y seguimiento para la seguridad y protección de las y los integrantes de los partidos y movimientos políticos y sociales, especialmente los que ejerzan la oposición, y el nuevo movimiento que surja del tránsito de las FARC-EP a la actividad política legal y de sus integrantes en proceso de reincorporación a la vida civil…”. Mientras uno medita en quiénes serán “las y los” integrantes de los movimientos en tránsito, le echa humo el cerebro. El Acuerdo abusa del lenguaje incluyente, tiene más incisos, límites, plazos y salvedades que la promesa de compraventa de una hacienda, y creo que en últimas se prestará para muchas controversias en las que todas las partes (según como interpreten el texto) tendrán la razón, y entraremos en una maraña jurídica sin fin para desenredar el enredo. Pero en fin, discutir por una interpretación, será algo que cae en el terreno de la política y no de la guerra.
Aun para un lector entrenado y voluntarioso, recorrer las páginas del Acuerdo es tedioso y demorado. De inmediato se nota que el documento fue redactado, corregido, revisado e intervenido por muchas manos, y que cada una de esas manos quiso introducir incisos y precisiones, excepciones, leguleyadas, minucias jurídicas y requisitos especiales. Por eso leerlo produce una especie de mareo, hasta que comprendemos que lo típico de un buen acuerdo es que no deje a nadie del todo contento. Se entiende que en un tema tan difícil, en un texto que intenta preverlo todo, haya hallazgos y soluciones originales, pero también que algo tan ambicioso y grande no puede ser perfecto: por largo y detallado que sea un escrito, la realidad es siempre más compleja, impredecible y creativa. La realidad sorprende siempre. Aunque crean que todo está en el documento, siempre habrá alguna cosa que quedó por fuera, no fue bien definida o no quedó clara, y habrá que sentarse a resolverla sin pegarse al texto del Acuerdo como si fuera la Biblia. El papel lo aguanta todo; habrá que ver hasta dónde vamos a ser capaces de hacer realidad los sueños, porque la realidad es mucho más difícil de corregir que los escritos, y casi nunca se parece a ellos.
En cuatro años de discusiones sin fin, de rabia, cansancio, disputas, desencuentros, intermediarios, reconciliaciones, etc., me imagino que era inevitable producir un documento que a veces parece un quebradero de cabeza. Las FARC, en su misma inseguridad, y por mucho que lleven medio siglo en la selva, son tan santanderistas como el resto del país. Se dice que Colombia es una de las naciones con más abogados por habitantes de la Tierra. De alguna manera el Acuerdo es un selfie de lo que somos los colombianos: un país florido y barroco, contradictorio, embelesado en una verborrea incontenible. Pero si no fuera así, tampoco habrían podido firmar nada. Para avanzar hay que ceder, así sea a costa de la brevedad y de la claridad. Aquí nadie queda contento si no consta en el acta la más pequeña ocurrencia de su propia cosecha. Si queda escrita y firmada, todos quedan felices y sienten que derrotaron al contrincante con los propios argumentos. Así que bienvenida esta explosión de palabrería, si esta sustituye la explosión de fragmentos y esquirlas de artillería. De eso se trataba, ¿no?, de reemplazar las balas (y me perdonan) por babas. Al menos estas últimas ofenden, cansan, fastidian, pero no matan.
Una vez hecha esta crítica inevitable al texto de los Acuerdos como tal, podemos volver otra vez a la poesía de lo conseguido en La Habana, a la sustancia, a su significado simbólico, y también a sus efectos concretos y reales en el nuevo país que tenemos. Desde este jueves 24 de agosto de 2016, desde el punto de vista del ánimo y de las sensaciones, Colombia es un país diferente. Dos partes que se odiaron, combatieron y mataron durante decenios, se dan la mano y resuelven que no se van a seguir matando. Los enemigos a muerte deciden dejar de ser enemigos para ser adversarios políticos sin armas. ¡Por Dios, con todas las leguleyadas farragosas que quieran, esto no es poco, esto es de verdad grandioso y nuevo! Ojalá Uribe nos hubiera dejado leer los acuerdos de Ralito; ojalá nos hubiera invitado a las víctimas a hacer las paces con los paramilitares; ojalá hubiera convocado a un plebiscito en el que yo también habría votado sí, como votaré en este.
Lo conseguido por Santos es lo que todos los gobiernos colombianos venían buscando al menos desde los tiempos de Belisario Betancur: acabar con un conflicto que no solo trajo muertos, sufrimientos, mutilaciones, huérfanos, viudas, desplazados y destrucción sin fin, sino que incluso propició la creación y la reproducción de otros males tan horribles o incluso peores que la guerrilla: los paramilitares y los mafiosos. Sin guerrilla no habría habido AUC, y sin un Estado que debía pelear en tantos frentes, los narcos, los delincuentes comunes y demás ilegales no habrían ganado tanto espacio y tanto poder destructivo en campos y ciudades, e incluso en el alma misma de la guerrilla, que muchas veces pareció podrida y sin remedio. También parte del ejército se corrompió con la guerra y se volvió aliado de criminales sanguinarios. La guerra sucia nos hizo ver todas las mentiras de una democracia que parecía falsa e hipócrita. Esta paz le permite también regenerarse a esa parte del ejército que traicionó los ideales de la justicia.
Es natural que un sueño tan antiguo despierte envidias y resentimiento. Belisario ya está curado de espantos y se va por el sí sensatamente. Pastrana y Uribe –y es muy humano– se sofocan de celos. Hay que entenderlos. Le ponen la máscara de la “impunidad”, la “traición” o el “engaño” a un sentimiento personal comprensible: Santos está logrando lo que ellos no pudieron por mucho que quisieran. Por eso intentarán aguar la fiesta el 2 de octubre. Nuestra alegría será más grande que su amargura por el éxito ajeno.
Desde hace decenios era claro que lo primero para poder encaminar a Colombia por una senda de justicia, democracia y desarrollo era acabar con esa anomalía del conflicto armado interno. El pueblo le dio un mandato a Uribe para destruir a la guerrilla, y él avanzó en ese propósito, pero no logró aniquilarla y al final de su segundo mandato las posibilidades de derrota total se estancaron. Era el momento de un cambio estratégico con una guerrilla debilitada, y Juan Manuel Santos, como un gran estadista, olió la ocasión perfecta. El segundo mandato que el pueblo le dio a Santos fue tan claro como el que antes le había dado a Uribe: ¡Consiga la paz con las FARC! Y acaba de lograrlo. Es un éxito inmenso, apabullante. Y un éxito tan grande que, si es sensato, deberá asumir con humildad e inteligencia. A veces ganar puede incluso ser más difícil que perder, y aquí el gobierno ganó por goleada. Ahora le toca administrar generosamente la victoria. Aun con el Premio Nobel, que seguramente le será concedido, Juan Manuel Santos tendrá que ser muy humilde y muy sabio en este triunfo histórico para poder dejarle al próximo gobierno –ojalá con un presidente amigo de la paz– un escenario de posconflicto ya trazado, una senda tranquila de reconciliación en que se empiece a implementar un texto muy ambicioso y complejo, y no un camino de escollos, un embrollo de peleas, polarización y violencia física o verbal. Ahora, al empezar la dura fase que llega siempre tras un armisticio, el presidente necesitará más que nunca serenidad, seriedad y humildad para afrontar las dificultades políticas, sociales y económicas que vendrán.
El tribunal especial para la paz y las comisiones de verdad servirán para saber verdades incómodas, pero no deben usarse para reabrir heridas, sino para sanarlas y seguir adelante. Colombia ha sido capaz de sobrevivir sin disolverse a medio siglo de violencia y dolor en todas partes, sobre todo en el campo. Si con semejante violencia, con cilindros bombas, minas antipersona, voladuras de torres, oleoductos y puentes, secuestros, desaparecidos y motosierras, el país ha podido avanzar lentamente, ahora que vamos a vivir en un escenario más pacífico y estable, podemos empezar a soñar de verdad con una democracia plena, menos injusta, más igualitaria e incluyente. Los más entusiastas con estos Acuerdos somos las víctimas, pues nuestra mayor aspiración es que nuestros hijos y nietos vivan en un país mucho mejor que el que padecimos. Después del sí a los acuerdos en el plebiscito, que ojalá los pacíficos ganemos por una mayoría feliz y abrumadora, nos corresponde a todos trabajar por ese país posible, por ese gran país soñado, que el conflicto y la violencia nos negaron desde el nacimiento.
*En el libro “El olvido que seremos” se cuenta la historia de vida del médico y líder de derechos humanos Héctor Abad Gómez, muerto a manos de paramilitares el 25 de agosto de 1987, y se retrata a una generación de pensadores de izquierda asesinada en la década de los 80.
PUBLICADO EN EL PERIÓDICO EL ESPECTADOR

lunes, 24 de octubre de 2011

LA DESMEMORIA DEL PUEBLO






Con el agite de las elecciones me puse a pensar en ese dicho que dice “los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo” o algo así, no estoy muy seguro que sean las palabras exactas pero como dice el Chapulín Colorado la idea es esa. No soy historiador y me atengo a mi memoria y a las lecturas que hice y hago…. Ah, se me olvidaba que los viejos de mi familia de ambos partidos tradicionales, se encargaban de refrescarme las ideas relacionadas con la política y es que para ellos solo podían existir en Colombia dos partidos y que los jóvenes de hoy en día, que son todos los menores de 50 años para ellos, se encargaron de cambiar las leyes para sacar más y más partidos y esto se volvió un “sancocho político”, me decían.
Y mi abuelo paterno, por ejemplo, que si estuvo en la guerra de los mil días porque tenía por entonces 16 años en Guaca, Santander, y era apto para empuñar las armas y no como otros abuelos de mis amigos que afirmaban también haber combatido en esa guerra desastrosa, que le costó al país entre otras cosas la separación de Panamá, y como yo tengo la manía de hacer cuentas pues esos no pudieron estar combatiendo porque no habían nacido o eran bebes. Mi abuelito nació en 1886 y cuando empezó la guerra tenía 14 años y lo enrolaron a la fuerza dos años después cuando se recrudecieron las acciones cerca de su casa. El cucho se dio el gusto de vivir 105 años y murió en 1991 de mal genio y arriando madres contra el partido conservador. Aclaro lo de la edad porque los amigos míos tenían abuelos nacidos a principios del siglo XX y hasta donde sé nunca le dan fusiles a bebes de un año o poco más.
Ese señor llamado Rodolfo, fue uno de los que me metió en la cabeza la idea de que todos los políticos son ladrones y que muchas fortunas “bien habidas”  no salieron de la nada sino del despojo de los más débiles o del robo a las arcas del erario público. Me decía: “mijo, cuando terminó la lucha por la independencia y los españoles tuvieron que largarse para la puta madre patria quien se apoderó de sus propiedades?... sencillo hijo, pues los oficiales del ejército libertador, y con el tiempo se hicieron escrituras y legalizaron el despojo y mire chino que a los suboficiales les dejaban un terrenito  para darles contentillo y a la tropa pues aguardiente y tabaco de las rentas… y de ahí nació el dicho que nadie se hace rico dando”
Ese era mi abuelo paterno puto liberal y macho como se decía en otras épocas y los conservadores replicaban. “y sus hermanas” y jajaja.  Por la otra parte estaba la familia de mi madre perteneciente al partido conservador que abominaba de los liberales y los trataban de masones y ateos y asesinos de sacerdotes, pero no quiero pasarme a otra historia que ni me acuerdo si ya se la conté cuando para entrar al seminario era indispensable ser del partido conservador y los curas desde el púlpito incitaban a sus feligreses a matar liberales; y nos preguntamos el por qué de la violencia.
Y me sigo saliendo de lo que estaba pensando y era en los políticos que no en la violencia pero viéndolo bien lo uno va con lo otro de alguna manera y la llamada Violencia en Colombia de mitad del siglo XX que fue sino violencia política entre los dos partidos tradicionales y la chispa fue el asesinato del líder liberal y seguro presidente de la república Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948. Y ¿por qué lo mataron?, pues porque denunciaba la corrupción de la oligarquía y defendía a los humildes y sus discursos incendiarios inflamaban la mente y los corazones del pueblo raso y la clase alta sintió que su hora era llegada y solo había una salida, quebrarlo como se dice ahora.
Pero mis tías abuelas que entre otras cosas también sufrieron de lo mismo que mi abuelo, que fue la hijuemadre longevidad, y dos pasaron de los cien años  y me repetían que todo poder viene de Dios y es un grave pecado, de los más graves mijo, ir en contra de las personas que tienen el poder por mandato divino y, por supuesto, estas personas eran los jerarcas de su partido y hasta tenían en su casa bustos de tamaño pequeño de sus políticos predilectos y yo, en una de mis borracheras de adolescente y sin querer, lo juro, tropecé con la estatua de Laureano Gómez y se fue escaleras abajo partiéndose en mil pedazos, como se dice y yo no creo porque quien putas se ha puesto a contar los pedazos, al otro día la tía Emilia con lágrimas en  sus ojitos de ochentañera me mostró el destrozo y yo le prometí por todos los santos reponérsela por otra más grande y 16 años después cuando falleció de muerte natural (ya era natural que muriera) yo jamás le devolví a su ídolo.
Que desorden de mi cabeza, ya pueden entender porque estuve en el manicomio, pero vuelvo al tema de los señores políticos y su “honradez a toda prueba” que para frenar los avances de la oposición encarnados en Gustavo Rojas Pinilla, ex general y ex presidente de la república, le robaron las elecciones de 1970 contra Misael Pastrana Borrero… yo si me acuerdo y les refresco la memoria: el general es el abuelo de Samuel Moreno Rojas y su hermanito Iván, ambos presos por el carrusel de las contrataciones que tiene semi destruida la capital de nuestro amado país, y Misael es el padre de Andresito Pastrana quien, según los entendidos, tuvo el peor gobierno de la historia de Colombia aunque sus seguidores digan lo contrario y que cuando fue alcalde de Bogotá le dio gusto a los niños del Norte con frecuentes conciertos de Rock. Ah, y el papá de los Moreno Rojas, el senador Samuel Moreno, esposo de María Eugenia Rojas, hija de mi general, se daba el gusto de asistir borracho a las sesiones del congreso y hasta se recuerda que alguna vez echó bala en el recinto sagrado.
Y todos juran ante lo más sagrado que su vida es un libro abierto y que pueden meter las manos en el fuego para probar su inocencia, acto que se hacía durante la inquisición, sólo que durante ella si se metían las manos a la candela y los políticos se quedan en la promesa y cuando se les comprueban sus tropelías todo queda en silencio… silencio cómplice de los medios que para nada colabora con la memoria de los ciudadanos que siguen dando su voto a los corruptos de siempre o a sus sucesores. Algo ha cambiado y es que antes la sucesión era por línea sanguínea, a veces de padres a hijos o nietos pero y también a yernos o nueras y aún ahijados. Ahora es cuestión de intereses económicos, que siempre van ligados con la política. Miren los programas de gobierno y verán que con leves variantes todos ofrecen lo mismo y ¿qué es lo mismo? Reformar las condiciones económicas de la población, arreglar los servicios, las carreteras, la salud, los problemas de inseguridad y en una palabra, cambiar radicalmente todo.
Pasan las elecciones y los mismos que saludaban de abrazo al obrero y al campesino no lo determinan o, si acaso, lo saludan desde la ventanilla del lujoso auto con la mano, pero sin bajar el vidrio, no va y sea que se arrimen y los contaminen, ya no besan a los niños mugrientos y mocosos de las señoras de las plazas de mercado no comparten unas cervezas en la cancha de tejo con los mecánicos y choferes del servicio público. Pasado el proceso electorero, que eso es, llega la amnesia para los políticos elegidos y los resentimientos sirven a los quemados o vencidos que aprovechan, ahora sí, para visitar a los que nunca determinaron para sembrar la semilla de la desconfianza en sus opositores que si ganaron. Esto lo escribo diez días antes de la contienda electoral para elegir gobernadores, alcaldes, concejales y honorables diputados a las asambleas departamentales, amén de los ediles que aun no tengo claro para qué demonios sirven estos cargos.
Las ciudades terminan llenas de basuras y los vencedores en unas resacas de los mil demonios porque esa es otra mentira, la ley seca no se sabe quiénes la cumplen, yo por lo menos en los años que serví de jurado de votación, vi cientos de borrachitos por las calles y en mi pueblo, cuando comenzaban a salir los resultados, en esa época por la radio, en todas las oficinas donde funcionaban los comités del candidato repartían trago por cantidades y para disimular los servían en pocillos tinteros. Muchos años han pasado y las cosas no han cambiado, los nombres si, por supuesto pero detrás de un nombre está el del jefe que es un político inhabilitado o preso (ahora no son presos sino internos)… seguimos con esa otra mentira, a los cuatro vientos se grita que fulano de tal está inhabilitado o se le decretó la muerte política pero los que no comen cuento saben quiénes son los candidatos movidos desde la sombra por este titiritero de la política.
Creo que este monólogo es sólo un abrebocas de todo lo que puede decirse relacionado con las marrullas de los políticos, de la corrupción que continúa incólume y con una impunidad aterradora, pero por ahora descansé un poco de mis afanes mentales. Hay mucho que decir pero eso lo pueden expresar mejor los que entienden de política, yo sólo me remito a mis recuerdos y a mis lecturas. Como jamás pedí favores a ningún político y mis hijos estudiaron sin tener que mendigarle a nadie una beca o una recomendación siento que tengo el valor moral para decir lo que digo. Pensar lo hacen muchos sobre este tema pero no lo dicen.
Los politólogos, sociólogos, historiadores y demás eruditos podrán decir más verdades y los amigos periodistas honestos seguirán sufriendo persecuciones y falsas acusaciones por decir las verdades, así es en todo el mundo y así seguirá siendo. El gobierno mundial es una utopía y en Colombia, nuestra amada patria, seguimos muy lejos de escoger a los más capaces y honestos.
Siento que me quedan muchas cosas para decir pero si Dios lo permite, otra vez será.
Edgar Tarazona Ángel