sábado, 12 de junio de 2010

BUEN GUSTO DEL PERRO



En el siguiente pueblo de mi itinerario vital (Facatativá), vivimos en un pequeño barrio a la salida occidental. En casa teníamos un enorme perro de raza indefinida pero fiel como él solo y vigilante de todos los niños del barrio. Los muchachos (esos especímenes entre los 12 y los 15 años) lo llevábamos con nosotros a todas partes porque era un gran luchador y perro que se nos atravesaba a mostrarnos los dientes era perro que se ganaba una revolcada con todas las de la ley animal y hasta una oreja desgarrada.
A nuestro perro lo querían todas las personas del barrio, los otros perros le temían y los visitantes lo miraban con respeto. Pero la señora más hermosa del vecindario odiaba al animal, nunca supimos porqué, pero la antipatía era mutua, y cada vez que ella pasaba cerca, el perro le mostraba los colmillos con ferocidad. Los chicos que estaban cerca calmaban el animal que seguía gruñendo hasta que se perdía de vista la bella señora.
Un día ella pasó sola y el perro que la ve y le muerde el trasero. Ella pegó un grito que atrajo medio barrio a ver qué sucedía. En horas de la tarde llegó el esposo de la hermosa hecho una furia y armado, no solo con un revolver sino con todo el vocabulario insultante de la lengua española.
Mi padre ya sabía del suceso y estaba listo a contestar, según su forma de ser, escuchó al ofendido, le mostró las constancias de las vacunas del animal, aceptó asumir los gastos médicos y los remedios y cuando el tipo se calmó, recordando las formas esculturales de la dama y el sitio del mordisco le dijo al ofendido:
-         Señor Rodríguez, pero no me puede negar que el perro tiene un gusto excelente ¿No?

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