jueves, 11 de septiembre de 2014

EL MATONEO EN LOS COLEGIOS DE ANTES




Desde hace muy poco tiempo se habla de matoneo, o de bulling como se dice ahora con este  anglicismo y como una novedad; yo les quiero contar como era esta modalidad en los colegios y comunidades de los años 60´s que me tocó vivir y soportar, de vez en cuando, estas mansalveadas de los compañeros por el más leve motivo; por supuesto, yo también participaba cuando había una víctima y una causa que lo ameritara.
El matoneo en los internados era muy común al comienzo del año cuando llegaban los nuevos o nuevones, como les llamábamos. Los principales objetivos eran los muchachos de provincia y los campesinos, con los que llegaban de  Bogotá pocos se metían porque eran bastantes y casi siempre venían del mismo barrio, de esos del sur, donde algunos pertenecían a una pandilla y se las sabían todas para defenderse y no se dejaban joder. Pero los chicos provincianos, algunos sin ningún paisano en el colegio, eran blanco fácil para el bautismo de fuego. Dicho bautismo era una sesión de golpes o de cochinadas dizque para darle la bienvenida a los recién llegados. Un ejemplo patético lo da Vargas Llosa en “La ciudad y los perros”.
Las peleas también eran parte de la vida cotidiana con muchas diferencias con las que se ven hoy: se respetaba a los dos contrincantes y nadie más intervenía a pesar de que los dos tenían sus propios seguidores. Las lides eran a puños, si alguno comenzaba a dar patadas por lo general era el final del combate y los separábamos; pero a veces dos de los testigos, terminada la primer pelea,  resultaban dándose en la jeta por algún detalle. En las ciudades si había pandillas a imitación de algunas películas gringas como West side history y otras mexicanas; las batallas eran grupales y ellas  si salían muchachos sangrando. Pero en los colegios no pasaban de golpizas con ojos negros y algunas narices sangrantes.
Otra diferencia enorme con la actualidad era que las mujeres no participaban de estos espectáculos, ni como testigos ni como participantes directas, a no ser que la trifulca se diera en un lugar público, que eso nunca se daba porque los conflictos, fuera del colegio se resolvían en un potero o lugar sin testigos. Las niñas cuando se disgustaban entre ellas se dejaban de hablar y punto. Tal vez inventaban chismes de la otra y pare de contar, la violencia era para los varones.
Para matonear y hacer sentir el rigor del castigo había varias modalidades:
1.    La ensalada: ni idea porque se llamaba así a caerle de sorpresa a un niño y darle palmadas por donde cayera; algunos aprovechaban para soltarle un puntapié o un rodillazo, como el agredido se agachaba y cubría su cabeza con los brazos nunca sabia quien había sido el de la coz de burro.
2.    Coscorronera: su nombre lo indica, era una serie de coscorrones en la cabeza, por supuesto, se daban con los nudillos de ambas manos y como una lluvia de golpes que iniciaba de sorpresa y así mismo terminaba entre las risas de los agresores. En este caso también algunos salvajes daban puños a mansalva y sobre seguro.
3.    Chifladera: con silbidos y gritos despreciativos contra el muchacho que se equivocaba en algo que disgustaba a sus compañeros, de esta manera se le daba a entender que era un pobre diablo. No sé cuando cambió esta significación pero veo en algunos programas que los chiflidos son signo de aplauso y aprobación.
4.    Voleo de tiza y almohadillas. Esto se hacía en los salones de clase en ausencia de un maestro que no llegaba a la clase correspondiente y los proyectiles casi siempre tenían un destinatario específico. La almohadilla no se arrojaba en primera instancia porque primero se cargaba bien de polvo de tiza y luego se sacudía sobre la humanidad de los elegidos, después de sacudida en la humanidad del pobre pendejo de turno si ya volaba por los aires a discreción.
5.    Castigo con almohadas en el dormitorio: era uno de los matoneos más suaves porque las almohadas poco y ningún daño hacen, pero se le hacía sentir a la víctima que debía portarse bien con los agresores.
6.    Los apodos. Bueno, en el pasado todos teníamos un apodo, costumbre que sobrevive en nuestros días, pero el apodo podía ser cariñoso (Pequitas, Sonrisal, Angelito), de respeto (El Jefe, El cacique, Hércules) o cruel, que hacía sentir a la victima el peso de sus defectos: Trompebagre, Panceburra, Culoetonta, Chicheperro, El Cagao, Mangamiada, Muñecoetrapo, etc.
7.    Las burlas directas, ironías, sarcasmos y demás herramientas del lenguaje para denigrar a una persona en especial con referencia a su familia, su pueblo y sus defectos se empleaban para despreciar a un chico. En primero de bachillerato yo era el más pequeño del internado y del colegio, pero no me dejaba joder; no sabía pelear pero tenía la lengua bien afilada y era el inventor número uno de apodos, coplas, chismes y otros delitos menores; entonces, los grandes me defendían a cambio de que les colaborara con coplas para sus enemigos y versos de amor para sus enamoradas.
8.    Las vulgaridades: ahora todos los muchachos se llaman marica, o huevón; por mi época estas y otras palabras se utilizaban con el fin de ofender y el madrazo se lanzaba para buscar camorra, era eso que llamaban mentar la madre. Pero usar estos vocablos como arma ofensiva era denigrante, decirle a un chico marica era atentar contra su masculinidad y causa de muchas peleas; recuerdo un verso de respuesta: Marica me dijiste/ marica me quedé/ pregúntele a su hermana/ cuántos hijos le dejé.

Si esto era en un colegio normal, imagínense los bautismos a los recién llegados en el ejército y en las universidades.  Sé que algunos detalles se me pasan por alto pero es la memoria que ya me falla a ratos. Aún se usa según me han contado pero eran crueles al máximo, sobre todo en los cuarteles y en las cárceles, de ese tema me encargo en otra ocasión.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada