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viernes, 13 de octubre de 2017

A DIEZ AÑOS DEL OLVIDO QUE SEREMOS







El niño, yo, amaba al señor, su padre, sobre todas las cosas. Lo amaba más que a Dios. Un día tuve que escoger entre Dios y mi papá, y escogí a mi papá. Fue la primera discusión teológica de mi vida y la tuve con la hermanita Josefa, la monja que nos cuidaba a Sol y a mí, los hermanos menores.

Así comienza Héctor Abad Faciolince (Medellín,1958)  el testimonio de amor, admiración y gratitud por su padre Héctor Abad Gómez (1921-1987) quien fue asesinado en pleno centro de Medellín, Colombia, el 25 de agosto de 1987. El libro refleja no solo la vida de un defensor de los derechos humanos, también el recuerdo de una ciudad, de una familia y de una niñez que recuerda con melancolía.

UN LUCHADOR CON COMPROMISO
El médico Héctor Abad, apostaba por el compromiso social de la medicina en países con pobreza como Colombia. Fue un luchador por la paz, la tolerancia y la justicia. Su amor por la vida, por sus hijos, por el arte y por la justicia eran el centro de su vida. Recibió muchas amenazas pero nunca se calló, siguió denunciando hasta el fatídico día en el que dos sicarios vaciaron los cargadores sobre su cuerpo frente al Sindicato de Maestros de Medellín. Tenía 65 años, vestía saco y corbata, y en el bolsillo de su pantalón llevaba un soneto de Borges, “Epitafio”, acaso un apócrifo, y cuyo primer verso reza: “Ya somos el olvido que seremos…”
Se necesitaron 20 años para que Héctor, su hijo, madurara su escritura y pudiera crear una hermosa novela que conmueve a quien la lee: “Amaba a mi padre por sobre todas las cosas… Amaba a mi papá con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor… Me gustaba su voz, me gustaban sus manos, la pulcritud de su ropa y la meticulosa limpieza de su cuerpo”.
El doctor Abad educa a su familia con la calidez del abrazo, con la protección del amor en medio de una sociedad atravesada por la violencia intrafamiliar, política, institucional e histórica.
“La idea más insoportable de mi infancia era imaginar que mi papá se pudiera morir, y por eso yo había resuelto tirarme al río Medellín si él llegaba a morirse”. Dice Héctor. Sin embargo, cambia la idea de lanzarse al río por un relato que es novela, carta, testimonio, documento, ensayo y biografía. Son 42 capítulos sobre la familia, la historia de Colombia. Sin embargo la inexplicable muerte de su padre no puede ser respondida.

SOBRE LA OBRA
Héctor Abad Faciolince tardó 20 años en darle forma a las ideas y tratar de curar la herida para poder explicar lo que esta muerte significó en su vida. La editorial Alfaguara  recientemente reeditó el libro en España y lo presentó en Matadero, Madrid.
El olvido que seremos fue el noveno libro de Héctor Abad Faciolince y uno de los más hermosos de su toda su obra. Lo publicó en el año 2006 y  ha sido traducido al inglés, italiano, portugués, alemán, francés y holandés. También ha sido reconocido con Premio WOLA-Duke en Derechos Humanos en Estados Unidos y el Prémio Criaçao Literária Casa da America Latina de Portugal.
Héctor Abad Faciolince reflexiona, no busca acusar a los verdugos de su padre. Intenta entender la pérdida que atraviesan las sociedades donde la muerte se vuelve cotidiana e irracional.
El olvido que seremos es la reconstrucción amorosa y paciente de ese personaje. Un hombre generoso, compasivo y tolerante.  “Mi papá nunca tenía dinero suficiente porque siempre le daba o le prestaba plata a cualquiera que se la pidiera, parientes, conocidos, extraños, mendigos. Los estudiantes en la universidad se aprovechaban de él. (…) Yo sabía que los estudiantes le pedían plata prestada porque muchas veces lo acompañaba a la Universidad y su oficina parecía un sitio de peregrinación. Los estudiantes hacían fila afuera; algunos, sí, para consultarle asuntos académicos, pero la mayoría para pedirle plata prestada.

BUSCANDO A BORGES
El poema que tenía  Héctor Abad Gómez en el bolsillo el día de su muerte, se convirtió en epitafio de la tumba, y en noviembre de 1987  su hijo, el escritor lo publicó  en el ‘El Espectador’, atribuyéndolo a Jorge Luis Borges.
Abad  para zanjar la polémica de la autoría de los versos, decide rastrear el origen de los mismos. En un largo proceso de investigación viaja de  Francia hasta Argentina y termina  por confirmar la autoría de Borges, algo en lo que el escritor colombiano siempre había creído. También descubrió  cinco poemas inéditos del autor argentino.

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y qué fue el rojo Adán y qué es ahora
Todos los hombres, y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
Del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
Los triunfos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
Al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre
Que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
Esta meditación es un consuelo.

Carta a una sombra
En un documental que se estrenó en el 2015 se entrelazan  tres generaciones de la familia Abad: primero está Héctor Abad Gómez, médico y defensor de los derechos humanos asesinado en 1987; luego está su hijo, Héctor Abad Faciolince, columnista y escritor que procesó a su manera el suceso en el exitoso libro El olvido que seremos, y, para terminar, está Daniela Abad, nieta del primero e hija del segundo.
El considerable impacto del documental se explica por el material tan íntimo que tiene a su disposición: fotos, imágenes de videos caseros y de noticiero, y, lo más impresionante, la voz de Abad Gómez en unas audio cartas a su familia. Con todos estos elementos, Carta a una sombra construye un retrato que conmueve acerca de cómo la violencia insensata hizo tambalear los cimientos de una familia.
Carta a una Sombra profundiza en la vida y muerte de un personaje que es tragedia y redención. Un hombre que se empeñó en salvar vidas y perdió la suya a manos de los paramilitares colombianos.
Creo que el único motivo por el que he sido capaz de seguir escribiendo todos estos años es porque sé que mi papá hubiera gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que no alcanzó a leer. Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y esto no es otra cosa que la carta a una sombra.
TOMADO DE INTERNET


martes, 28 de julio de 2015

VIAJE POR MIS LABERINTOS


Anoche, por falta de sueño
Hice un recorrido fugaz
Por los laberintos de mi memoria.
Regresé a la infancia
En ese pueblo que ahora regresa
A mi presente
Con destellos de magia
Con todos los sucesos de aldea
Perdida en la montaña.
Me acordé de mi abuela,
Esa señora que me amaba
Y cuidaba mis ataques repentinos de asma.
A mi madre, con tantos hijos
Repartiendo su amor de la mejor manera.
A mi padre, quien solía visitarnos
De cuando en cuando
Pero llenaba mi mente de fantasía
Con los cómics y revistas infantiles
Recordé mi colegio parroquial
Donde cursé la primaria
Y los amigos de entonces
Que se fueron en el tiempo
Y la distancia.
En algún momento creí
Que era mi hora llegada
Porque afirman los que saben
Que antes de la muerte
La vida pasa como una película
Con lo bueno y lo malo
Como en un inventario animado.
El susto me sentó en la cama
Y escribí estos versos
Pero estoy seguro
Que el viaje aun no termina
Porque son muchos años
Los que he vivido
Y es hora de empezar mis memorias
Antes de que llegue el señor OLVIDO.
Edgar Tarazona Angel

viernes, 28 de junio de 2013

REMINISCENCIAS DE CHIPAQUE

REMINISCENCIAS DE CHIPAQUE
Capítulo I
Inicialmente fue una idea personal; con el paso de los días apareció en mi correo un amigo de esos lejanos años y le propuse escribir el artículo a cuatro manos. De todas maneras el artículo está narrado en primera persona pero dejo constancia de la valiosa ayuda de Fabio Villamil Peña, quien agregó datos importantísimos.  Per cada uno de los amigos de Chipaque, con el paso de los días, puede aportar sus anécdotas o las que escuche de sus padres o abuelos.
Desde los primeros años en el colegio San Pío X aprendí  que Chipaque es  un nombre derivado de la voz indígena Chipipabacue que quiere decir “el bosque de nuestros padres”. Considero a este pequeño pueblo mi patria chica y así lo sienten todos los que compartieron conmigo los doce años de mi infancia; la verdad es que nací y fui bautizado en La Vega pero, a los pocos meses de nacido, me llevaron para el pueblito de esta crónica. A mis doce años mi familia se trasteó para Facatativá; a mí me mandaron a estudiar interno en Zipaquirá. Aclaro  esto porque mis recuerdos se limitan a los años de mi estancia en Chipaque, después, algunos de mis hermanos se quedaron o regresaron por diferentes razones pero yo no puedo hablar por ellos.

Debo decirles a mis lectores jóvenes que estos recuerdos abarcan hasta el año 1960, en que mi familia se trasladó a la sabana de Bogotá; quiero insistir en que  todos los protagonistas de estos recuerdos fueron niños menores de once años y este artículo está escrito desde la visión de un infante  chipacuno de esa época lejana. Desde entonces muchos cambios se deben haber efectuado en todo sentido en el municipio y la mayoría de personas que se nombran en esta crónica ya fallecieron o están demasiado viejas para recordar. Por ejemplo mi madre, Teresa Ángel Baquero, ejerció la docencia en las escuelas públicas y repartió palo a los que no rendían en sus estudios; hoy tiene 88 años y no recuerda casi nada de su pasado. Sus ex alumnos si la recuerdan pero dicen que esos castigos los hicieron crecer derechos.

Son demasiados los recuerdos y los voy a escribir en el orden que se presenten en mi pensamiento, de manera que los habitantes de este municipio, que desde siempre me han considerado su paisano, sabrán excusarme  en los deslices de tiempo y espacio en que incurra. Debo confesar que hace años guardo la intención de escribir un artículo directo, con nombre propio del pueblo que vio nacer, crecer, reproducirse y morir a la mayor parte de la familia de mi madre y, por negligencia u otras ocupaciones, siempre postergué mis buenas intenciones, el año pasado escribí y publiqué un artículo sobre mi colegio de la infancia, el liceo parroquial San Pío X y, para mi fortuna, son cientos los lectores que lo han leído. Algunos se han comunicado conmigo, y hasta me llegó una invitación tardía para la celebración de los 55 años, y me sugirieron temas para escribir, este es uno de ellos.

domingo, 21 de abril de 2013

PEQUEÑOS POEMAS MÍOS


PEQUEÑOS POEMAS MÍOS



I
Dejé de beber
Cuando el mejor licor
Me sabía tan amargo
Como la vida y  tan triste
Como la muerte

II
En las noches
Cuando estoy solo
Dejo pasar el silencio
Como un caracol de tiempo
Que camina lentamente
Y la oscuridad no se acaba.

III
Mirando un atardecer
A la orilla del mar
Pensé en noches oscuras del pasado
Iluminadas
Por la presencia de Ella.

IV
No sé si me mataba el vino
O las imágenes tristes
Que llegaban de visita siempre
Después de beberme tres botellas
Del precioso vino.

V
El alcohol fue mi amigo
Y la alegría de largas noches
Cuando la botella estaba sola
Y ella se marchaba
Con la luz del sol.

VI
Pinté alegrías y tristezas
En largas horas insomnes
Pero, más que los colores
Fueron los versos
Los que plasmaron mis canciones.

VII
No espero ya nada de los sueños
Se fueron con el viento juvenil de antaño
Y cayeron rotos en mil pedazos
En el atardecer de la vida

VIII
El amor es ciego y va con la locura
Hacia el abismo…
No acatan ninguna señal
Y se despeñan
En caída libre
Hasta el infierno.

IX
Ya no sé que vendrá.
Pasaron los años
De forjar quimeras
Y el otoño de la vida
Deshoja los minutos finales
Para el adiós postrero.

X
El espejo roto
Con la copa rota
Son dos cristales tristes
testigos de una noche amarga
cuando a él lo rompí con ella
para no ver mivida
derrumbada y hueca.

XI
Ya no finjas amor;
No es necesario.
Destilaste en mi vida veneno
Gota a gota
Y lo bebí para complacerte
Y me mataste…
Pero yo no me morí

viernes, 19 de agosto de 2011

EN LA MUERTE DE UN VIEJO AMIGO


Para Luis Fernando Peña Hernández
No sé porqué la vida se acaba tan pronto para algunas personas; en los últimos años me ha correspondido despedir muchos amigos, y este muchos es un decir porque son más de diez pero menos de veinte, para mí son muchos y no tengo el número exacto y no quiero ponerme a hacer cuentas en este momento en que me duele la partida de todos. Hace dos años por el mes de mayo le tocó el turno a Orlando Malo y hoy a Luis Fernando Peña Hernández; ambos de mi barrio de la niñez y juventud, ambos conocidos y apreciados por todos.
Y como casualidad de la vida o de la muerte a los dos se los llevó la parca por medio de un cáncer. Esa fue la herramienta escogida por la huesuda para segarles la existencia. Cada vez que un conocido se va me pongo a pensar si yo seré el próximo viajero en el tren de la muerte, y cuando la hoz horrenda de esa señora implacable corta de un tajo el palpitar de un amigo entrañable la preocupación es mayor… ¿Seré el que sigue en su lista? Pero siguen transcurriendo los años y pasando los trenes de todos los viajeros de este mundo y yo sigo presenciando la partida de ellos.
Con Luis Fernando me unió un vínculo especial durante unos dos años. Mi amigo más entrañable era su hermano Ricardo pero, con Querubín o Baches como cariñosamente era apodado, construimos castillos en el aire y sueños financieros que jamás fructificaron y de los que nadie supo nunca, ni sabrán porque la parte que le correspondía contar se la llevó a la tumba y mi cincuenta por ciento lo guardo también como una confidencia debida al amigo que se marchó para siempre.
Pienso que la vida da muchas sorpresas, demasiadas desagradables, digo yo. Cuando voy a mi querida ciudad de Facatativá veo por sus calles algunos personajes desagradables, por no decir maleantes reconocidos, que siguen recorriendo las calles como dueños y señores; ya casi no encuentro  a mis amigos y vecinos de antaño; muchas casas están en ruinas y luego me entero que sus habitantes se marcharon hace años o fallecieron, la lista de estas últimas personas es larga, muy extensa pienso y para mi desdicha la mayoría de mis conocidos que la integran (incluyendo los buenos y los malos) son de los primeros, de los que no merecían marcharse aun.
Devolviendo mis recuerdos encuentro a Mauricio Bernal, de los primeros en dejar este mundo, al “Gato”, Miguel Medellín, Oscar Torres, Joaquín Ramos, los hijos de mis amigos, mi hermano Francisco, Luis González, el Mono Malo y ahora  Luis Fernando, solo por nombrar los jóvenes.  A las personas mayores no las incluyo porque ya habían cumplido su ciclo vital y nadie sale vivo de este mundo, como dicen los campesinos, tampoco incluyo personas de otros barrios ni bebés, sólo a los que compartieron conmigo juegos, tristezas, trago, y de vez en cuando trompadas, que de todo había. En las largas vacaciones de fin de año creábamos equipos para realizar OLIMPIADAS que incluían lucha libre y boxeo. Algunas veces el perdedor quedaba resentido y horas después la pelea terminaba fuera del ring con narices y bocas rotas y sangre.
Querubín era de los calmados, más bien prefería ser árbitro que participar en las competencias, su talante no daba para enfrentarse a golpes con nadie y como réferi era un desastre pero se hacía querer. En un partido de fútbol se ganó una ensalada (así llamábamos por la época darle golpes con las manos abiertas a un muchacho que hubiera cometido una estupidez); uno de los jugadores metió el balón en su propio arco, Luis Fernando hizo sonar el pito y señaló la esquina diciendo: “Autogol, o sea corner”… rechifla y ensalada.
Tengo un libro a medias que cuenta todas estas anécdotas y me prometo, con cada muerte de mis amigos, que voy a terminarlo para que las memorias no queden en el olvido. Al paso que vamos de pronto el próximo soy yo y los que sigan  vivos irán olvidando los hechos que yo tengo en desorden en mis cuadernos y en mi cabeza. A Luis Fernando le deseo paz en su tumba. Esto puede sonar a muy trillado pero es cierto, todos los de mi barrio TISQUESUSA  de Facatativá nos recordamos mutuamente y sentimos un gran dolor en cada despedida del amigo que terminó su viaje en este mundo. Gracias Luis Fernando por el tiempo que compartimos y que todo sea mejor para ti en el otro mundo.
Edgar Tarazona Ángel Agosto 15 de 2011  

viernes, 13 de noviembre de 2009

COTIDIANA


Mis manos
no recuerdan
el camino que me
regresa a tus fronteras.

A penas si atesoro
en mis pupilas
retazos de tu existencia;
pequeñísimos diamantes
del tiempo en que jugábamos
al amor, y creíamos
que no añadiría
olvido y cansancio
a nuestro días.

Poco queda
de aquellas noches;
fueron años compartidos
pero los recuerdos suman días
gestos retocados,
palabras borrosas y
esta historia inútil
y desvertebrada en
la espalda de mi alma
( y tú, en la orilla
de mi cuerpo)

Namid Amador (Ruth Moreno G- poeta colombiana) ( Nov. 05 de 2.009)