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viernes, 28 de junio de 2013

REMINISCENCIAS DE CHIPAQUE

REMINISCENCIAS DE CHIPAQUE
Capítulo I
Inicialmente fue una idea personal; con el paso de los días apareció en mi correo un amigo de esos lejanos años y le propuse escribir el artículo a cuatro manos. De todas maneras el artículo está narrado en primera persona pero dejo constancia de la valiosa ayuda de Fabio Villamil Peña, quien agregó datos importantísimos.  Per cada uno de los amigos de Chipaque, con el paso de los días, puede aportar sus anécdotas o las que escuche de sus padres o abuelos.
Desde los primeros años en el colegio San Pío X aprendí  que Chipaque es  un nombre derivado de la voz indígena Chipipabacue que quiere decir “el bosque de nuestros padres”. Considero a este pequeño pueblo mi patria chica y así lo sienten todos los que compartieron conmigo los doce años de mi infancia; la verdad es que nací y fui bautizado en La Vega pero, a los pocos meses de nacido, me llevaron para el pueblito de esta crónica. A mis doce años mi familia se trasteó para Facatativá; a mí me mandaron a estudiar interno en Zipaquirá. Aclaro  esto porque mis recuerdos se limitan a los años de mi estancia en Chipaque, después, algunos de mis hermanos se quedaron o regresaron por diferentes razones pero yo no puedo hablar por ellos.

Debo decirles a mis lectores jóvenes que estos recuerdos abarcan hasta el año 1960, en que mi familia se trasladó a la sabana de Bogotá; quiero insistir en que  todos los protagonistas de estos recuerdos fueron niños menores de once años y este artículo está escrito desde la visión de un infante  chipacuno de esa época lejana. Desde entonces muchos cambios se deben haber efectuado en todo sentido en el municipio y la mayoría de personas que se nombran en esta crónica ya fallecieron o están demasiado viejas para recordar. Por ejemplo mi madre, Teresa Ángel Baquero, ejerció la docencia en las escuelas públicas y repartió palo a los que no rendían en sus estudios; hoy tiene 88 años y no recuerda casi nada de su pasado. Sus ex alumnos si la recuerdan pero dicen que esos castigos los hicieron crecer derechos.

Son demasiados los recuerdos y los voy a escribir en el orden que se presenten en mi pensamiento, de manera que los habitantes de este municipio, que desde siempre me han considerado su paisano, sabrán excusarme  en los deslices de tiempo y espacio en que incurra. Debo confesar que hace años guardo la intención de escribir un artículo directo, con nombre propio del pueblo que vio nacer, crecer, reproducirse y morir a la mayor parte de la familia de mi madre y, por negligencia u otras ocupaciones, siempre postergué mis buenas intenciones, el año pasado escribí y publiqué un artículo sobre mi colegio de la infancia, el liceo parroquial San Pío X y, para mi fortuna, son cientos los lectores que lo han leído. Algunos se han comunicado conmigo, y hasta me llegó una invitación tardía para la celebración de los 55 años, y me sugirieron temas para escribir, este es uno de ellos.

domingo, 16 de agosto de 2009

LENGUABRAVA Y LENGUAFINA (2da parte)

Y miren que vaina tan curiosa, eran creativos, muy creativos… a su manera, claro está y cuando supieron que los llamaban “Academia de la Lengua” lo tomaron en serio y a transformar el idioma se dedicaron en cuerpo y alma. Cada semana sacaban una nueva norma idiomática, bueno, digo norma porque ellos simplemente soltaban el chorro de su verbo desaforado y toda la juventud del pueblo adoptaba sus expresiones al lenguaje cotidiano con el beneplácito de toda la muchachada y el escándalo de los mayores comenzando por el cura y el alcalde. La primera innovación se dio en las palabras terminadas en culo, ellos dándoselas de bienhablados decían vehiano, forunano, fasciano por vehículo, forúnculo y fascículo; y se paseaban orondos, orgullosos por su aporte a le sagrada lengua. La alegría no duró demasiado porque en pocos días dieron vuelta a la reforma y todas las palabras terminadas en ano cambiaron a culo como enano, rábano, banano y todas las que ustedes conocen quedaron como enculo, rabculo, banculo, etc. Todas, si, todas. En otra temporada decente decidieron acabar con la costumbre de los raizales de pronunciar la elle como ye: cabayo, cabeyo… y cogieron la costumbre de decir en la tormenta calló un rallo, quiero un cuaderno rallado, la llegua es la mujer del caballo, las ballonetas son armas que lla no se usan, jajaja, que benditos, nosotros, los no tan jóvenes pero tampoco veteranos, reíamos con disimulo si había gente respetable pero a carcajadas si estábamos sin testigos y decían coplas de todo calibre que soltaban con especial veneno cuando había damas decentes presentes: “Si el gordo Nerón mató/ de una patada a Popea,/ fue porque ella le prendió/ una infame gonorrea”, declamaban con un gusto de mejores destinos y no quiero decirles más coplas para no escandalizar a nadie, en el pueblo porque ya estábamos acostumbrados y es que hasta las adivinanzas eran de grueso calibre… y en verso: “En libros escrita está/ como santa y muy doncella/ pero a la hora de la verdad/ todo el mundo abusa de ella”, y esta otra: “A las muchachas les llega/ porque ya tienen la edad/ y si les llega a las viejas/ es una anormalidad/ ¿A que no las pescaron?, bueno, otro día les digo la solución, pero no sean mal pensados. Lo cierto es que a la Academia decidieron expulsarla del poblado con la alegría de algunos y la tristeza de la mayoría (los niños, los jóvenes, los solteros y los forasteros), en un sitio donde nunca pasa nada es una dicha tener personas o situaciones que rompan la monotonía de esos días eternos. Dejaron los recuerdos de sus dichos, sus coplas, las canciones que dejaban con la música pero con letras de su autoría y un vacio más grande del que hubiéramos creído. Debieron pasar varios años antes de tener noticias de Pablo y Magdalena, que así se llamaban y nadie lo supo hasta que leyeron el edicto de su expulsión, anunciaron su visita al pueblo por medio de unos carteles que pegaron por todas partes; los postes del alumbrado público, las paredes disponibles, las carteleras de las escuelas, en las tiendas y tabernas, por todas partes; Pablo y Magdalena venían por un solo día a compartir con nosotros sus palabras y nos dijimos “alistemos grabadoras”, “yo hago la filmación” y el otro, y yo los convenzo para que se queden varios días en mi casa… y así todos revivimos la imagen de la pareja y sus años entre nosotros. El día de su presentación el destartalado coliseo se llenó desde temprano, todos estábamos con el ánimo dispuesto y la risa a flor de labios; algunos se ayudaron con licor, otros con grabadoras portátiles y la música de “ellos”, cuando llegó la hora del Show todo el mundo quedó pasmado, quieto, como paralizado… esos dos no eran, o bueno, si eran… pero no, que vaina tan rara. Esperamos las primeras palabras de “Lenguabrava” y quedamos fríos, si mis hermanos, fríos… perdón, es que lo de mis hermanos lo dijo él y a continuación llamo a su santa esposa y pensamos “esto es parte del espectáculo y nos dispusimos a reír, ahora sí, y no joda, sale la española, la “Lenguafina” con una cara de yo no fui y con un libro enorme sobre el pecho, mientras lo sostenía con los brazos cruzados sobre él. “Vosotros sabéis que lo nuestro son las palabras –dijo- y con mi queridísimo esposo –siguió diciendo, hemos venido a traeros la palabra verdadera, el Mensaje, la palabra de la vida” Ahí sí que empezamos a entender, el libro era la Biblia y a estos alguien les había lavado el cerebro; bueno, dijimos después del aburrimiento de esas dos horas interminables, estos dos se salvaron pero el pueblo se jodió sin tema de conversación.

lunes, 18 de mayo de 2009

LOS REYES VAGOS

En el pueblo de siempre, perdón que sea tan iterativo pero es que allí transcurrió gran parte de mi vida, los tíos del bobo Salomón, los señores Rey, tenían la mejor ocupación del mundo, según ellos, la de no hacer nada. El dinero de sus ancestros, bien administrado por las matronas de la familia, producía suficientes ganancias para que los vástagos malgastaran el capital en bebida y enamorar las solteronas del pueblo. A las señoritas casaderas las dejaban quietas por una razón muy sencilla: les aterraba la idea de un compromiso serio, que era lo que les ocasionaría la aceptación de un noviazgo oficial por su parte con cualquiera de las niñas principales de la población. Para su deleite y placer estaban las campesinas de sus haciendas y las sirvientas de todo el pueblo. ¡Qué tal un Rey casado y con compromisos serios! Eso estaba para los aburridos, a ellos no los ataban con el cuento del matrimonio… Eran tres primos hermanos, hijos de tres hermanos Rey, fallecidos en diferentes circunstancias y por distintos motivos, eran los únicos varones “normales” del clan. En la familia Rey abundaban las mujeres y todas, sin excepción, habían contraído matrimonio con hombres serios y trabajadores que ayudaban a acrecentar el capital familiar y la descendencia, todo bajo la batuta de doña Emilia, la matrona principal y cabeza visible del pequeño imperio de los Rey. Sólo había un lunar en la familia: el bobo Salomón Rey, el otro varón familiar, que ni se llamaba así, sino Luis Alfonso, y era el hazmerreir de los otros vagos, los tres Reyes vagos se hacían los pendejos cuando lo veían por la calle en compañía de alguna de sus hermanas o primas para evitar las burlas sobre sí mismos, de los otros sinvergüenzas. Tanto habían acumulado fama de vagos que en un enero el sacerdote durante el sermón del seis, Día de los Reyes Magos en la iglesia católica, cometió un lapsus linguae que aun recuerdan los ociosos con carcajadas. Hablaba el curita de la visita de Melchor, Gaspar y Baltasar a la Sagrada Familia, de sus obsequios de oro, incienso y mirra y del simbolismo que se le dio a esta visita. Todo el mundo escuchaba las palabras del orador sagrado hasta cuando lo traicionó el inconsciente y dijo por el micrófono que estábamos celebrando la fiesta de “Los tres Reyes Vagos”, pobre curita, salvo unas pocas señoras respetables, la iglesia en coro retumbó con una carcajada al unísono, de los demás feligreses. Tienen un dicho en el pueblo: “Mi Dios no se queda con nada”, y los creyentes (todos los feligreses) que estuvieron en la iglesia el día de la metida de pata del curita Beltrán, estaban convencidos de que la burla ocasionada, sin querer, por los tres Rey, no quedaría impune. Además, argumentaban la Ley de la Compensación y metieron el Karma y en algún momento algún exaltado llegó hasta la destrucción de Sodoma y Gomorra, ¡Qué benditos tan exagerados! Lo cierto es que unos meses más tarde llegó un alcalde nuevo, estricto en cuanto a las normas de convivencia, al cumplimiento de la ley y con un odio visceral hacia los perezosos y sinvergüenzas. La verdad sea dicha, todas las mujeres del pueblo en general, y las Rey en particular, estaban más que aburridas de la vagancia de esa caterva de vagos que todos los días se reunía a ver pasar las mujeres, echar piropos, contar chistes pendejos y descuerar a todo el mundo a punta de lengua. Formaron una comisión que habló con el alcalde y le aseguraron su apoyo condicional en la decisión que tomara contra los sinvergüenzas, pero que fuera una sanción ejemplar. El alcalde les pidió calma y un poco de tiempo. Con el apoyo del Concejo Municipal dictó unas medidas para el arreglo y ornato del municipio y estipuló en letra pequeña que quienes no colaboraran en efectivo o en especies se verían obligados a realizarlo en forma obligatoria. ¡Claro que los niños perezosos no escucharon las instrucciones por los parlantes de la alcaldía!, ¡claro que tampoco leyeron los edictos fijados en todas las esquinas!, de manera que incumplieron con todas las nuevas normas y ¡claro que se sorprendieron cuando llegó la policía a detenerlos! y ¡claro que pidieron ayuda a sus madres y hermanas y la sorpresa fue máxima cuando estas les negaron su apoyo, el que siempre tenían, y tuvieron que someterse a un castigo que les marcó para siempre y después los convirtió en ciudadanos útiles. El alcalde, con el apoyo y asesoría de las mujeres estableció que estos perdularios pagarían su desobediencia con lo que menos les agradaba hacer en la vida, con el agravante que lo harían obligados y hasta terminar el nuevo edificio del Palacio Municipal, fueron condenados a ¡Trabajos Forzados!

El bobo Salomón Rey

Como tengo muy mala memoria, a veces no recuerdo todo lo que digo, pero si les puedo asegurar, casi que jurar, que todo es la pura verdad. En ese pueblo de siempre, como todo pueblo que se respete, teníamos el bobo del pueblo. Hoy en día este personaje pertenece a una especie en vía de extinción pero en los tiempos de mi infancia, hace muchiiiiisimos años, pueblo que se respetara tenía su bobo, su loco, en fin, un representante de cada una de las categorías pintorescas de la fauna humana. Y los mismos desocupados de todas las plazas de los pueblos pequeños que no tienen ocupación conocida; fuera de chismosear todos los días, piropear a las muchachas, saludar muy atentos a las señoras, hurgarse los dientes con un palillo y escupir; lo mejor que saben hacer es poner sobrenombres. No creo que en el pequeño poblado existiera alguien que estuviera a salvo de su mote. Desde el alcalde hasta el más humilde personaje tenían sus nombres y apellidos por la ley y por la iglesia y sus correspondientes alias por cuenta de los sin oficio. Al pobre bobo (es un decir porque pertenecía a la familia más adinerada) de la familia Rey, le acomodaron Salomón como una ironía contradictoria, porque su nombre verdadero era Luis Alfonso Rey. Cuando pasaba se quitaban el sombrero para saludar a su mamá (la del bobito), le preguntaban las mismas tonterías de siempre y saludaban al joven muy respetuosamente para después de que estuvieran distantes carcajearse y burlarse de la “bella familia” que contaba en su haber un suicida, un homosexual, una pariente puta y un hijo bobo, que sinvergüenzas. El joven casi nunca salía solo pero, cuando se escapaba y pasaba por la plaza central (la única de la aldea) siempre se encontraba con los desocupados que lo saludaban con respeto y le dirigían preguntas muy serias. El pobre adolescente se sentía confundido pero halagado al mismo tiempo por la deferencia que le demostraban y contestaba como lo que era, puras bobadas. Los malditos le daban las gracias, lo encaminaban a su casa y se desternillaban de la risa comentando las respuestas que les había dado. A veces les daba tema por varios días y cuando se les acababan los recuerdos, pensaban acerca de nuevos temas para preguntarle sobre historia, filosofía, arte, deporte, en fin, cuanto se les venía a la calenturienta cabeza. Al muchacho retardado lo invitaban, con inusitada frecuencia, a sus casas las damas solitarias, en especial las viudas, las separadas y las solteronas calentonas. ¿Para qué?, eso les agudizaba el ingenio a los vagos de mi pueblo. Lo cierto es que las burlas y la preguntadera sobre temas para confundir al bobito terminaron abruptamente un domingo a la salida de la Misa mayor. Ya le habían hecho preguntas malintencionadas sobre temas sexuales que contestaba el tonto con: “No puedo decirles eso, lo prometí”. Ese día le dijeron con toda la mala intención: “Salomón, no diga nombres para no romper su promesa, señálenos con el dedo las viejas que le han hecho cositas, jajaja”. El bobo dijo: ¡Ah, bueno, asi sí! Y señaló con el dedo tres madres y cinco hermanas de los fastidiosos

Sansón y Dalila

Por aquellas malditas mañas de poner apodos en los pueblos, al más debilucho, tímido y pendejo lo apodan Sansón. Y la muchacha del título, la amiga de Sansón, tampoco era Dalila. La verdad, todos los llamábamos por sus apodos y muy pocos estábamos enterados de cómo los bautizaron su papá y su mamá (los de ellos). ¿De dónde sales los sobrenombres? Sí, claro, de alguien y ¿Quién es ese alguien? Anónimo. En los pueblos pequeños casi nadie responde al nombre que le acomodaron en la pila bautismal. Los alias salen del imaginario popular y casi nunca reflejan a la persona, más bien son antónimos, contradictorios, paradójicos. Por ejemplo, para no molestarlos más; Sansón era el muchacho más flacuchento de la aldea, decían que si se ponía de perfil desaparecía y que para una radiografía iba donde el fotógrafo que lo paraba al frente de una linterna, sin camisa y le tomaba una foto; saz, sale el negativo y: “tome, ahí está su radiografía, amigo Sansón…” Y es que el tipo no tenía ni pelo para decir que el alias salía de su larga cabellera; qué, si casi estaba calvo pero, algún chistoso, al verlo tan desmirriado dijo: “miren ese Sansón” y así se quedó. ¿Y, Dalila? En algún momento Dios o el diablo pensaron, alguno de los dos y yo no sé cual: “No es bueno que sansón esté solo” y como las desgracias no llegan solas, pues… apareció esta mujer de quien sabe dónde. Una mañana al salir de misa la encontramos en la puerta de la iglesia pidiendo limosna y como el amor es ciego, pun, que la ve Sansón y quedó flechado y resultaron viviendo debajo del puente, ese que hay a la salida del pueblo para los Llanos Orientales. Bien, como el tipo era Sansón, por derecha ella fue motejada como Dalila. ¡Qué bella pareja!, comentaban los desocupados del pueblo al verlos pasar y los desgraciados le echaban piropos a la pobre mujer y Sansón los insultaba muerto de los celos; si, porque el flacuchento era un celoso enfermizo y se moría de rabia cuando la miraban y el espantajo sonreía coqueta con esa boca desdentada y esa fealdad espeluznante. Lo cierto es que Sansón se llenó de motivos contra todos los varones de la parroquia (afirmo que todos porque para ver rabiar al pobre escuálido, todos le decíamos cosas bonitas a su esperpento) y un día, durante unas ferias y fiestas; en una de esas enormes carpas traídas de la capital para realizar los bailes populares con orquesta y todo; Sansón consiguió varios recipientes con gasolina, roció la carpa hasta donde pudo, arrumó palos y papeles y como a la media noche, cuando la fiesta estaba más animada se coló con una antorcha y les gritó desde la entrada: “me quiero morir, pero conmigo se van ustedes gran mal páridos”… y le prendió candela a la carpa.