martes, 3 de noviembre de 2009

ADICTO AL JUEGO


Hoy amanecí sin un centavo en el bolsillo y con la conciencia martillándome la pérdida del dinero de las pensiones de mis hijos, de los recibos de los servicios públicos, de la cuota de la casa; mejor dicho, dejé en el casino todo el dinero que llevaba para pagar estas obligaciones. En el maldito juego uno sabe cuándo empieza a jugar pero jamás sabe a qué horas ni cómo termina cada noche. Pienso que esta compulsión que me lleva a apostar es más fuerte que la droga y el alcohol; no sé, los adictos al alcohol y a las sustancias psicoactivas pierden el sentido de la realidad y después tienen la disculpa de que cometieron toda clase de disparates porque no eran dueños de sí mismos. Pero… yo, sé lo que hago cuando pongo una ficha en la mesa de Black Jack, cuando presiono los botones que marcan las apuestas en la ruleta, cuando bajo el brazo de la palanca en las máquinas tragamonedas…


Cuando adolescente participaba de todos los juegos con mis amigos del barrio y los compañeros del colegio; si no se apostaba algo abandonaba el pasatiempo que estaban empezando, para mí no tenía ninguna gracia perder horas practicando un deporte o un juego de sala por sólo el placer de divertirse; ¡qué va! Cuando no había dinero que motivara la actividad pues buscaba un sitio donde encontraba personas dispuestas a arriesgar, desde siempre fui así y con el paso de los años las apuestas se iban haciendo mayores y con mayores riesgos. Uno nunca comienza apostándolo todo a una sola jugada, es con el correr del tiempo y la “experiencia” que uno se hace jugador adicto.

Visité todas las salas con todos los juegos permitidos. En alguna época jugué billar pero me parecía tonto y un ejercicio de vagos tacar durante horas y horas para ganar una apuesta, con el riesgo que al terminar el chico o la partida, si lo prefieren, el rival pide la revancha y vuelva a tacar. Después tuve mi temporada de binguero, para que me entiendan, todos conocen ese juego llamado Bingo, pues los jugadores de Bingo reciben el mote de bingueros. Ahí comencé a sentir como ese desasosiego cada mañana por irme a jugar Bingo; sabía que abrían a las dos de la tarde el local, pero yo llegaba una hora antes para entrar de primero y escoger los cartones con los números que había calculado que saldrían ganadores y me daba rabia al encontrar rondando la entrada a otros tres o cuatro bingueros.

Después venía la tortura lenta del juego; una voz femenina, muy suave, iba cantando los números por el micrófono: I-18, O-72, B-5, y asi sucesivamente hasta que un afortunado gritaba ¡BINGO!, mostraba el cartón, comprobaban en las planillas, le pagaban y empezaba otro juego. Muchos creen que en este juego hay que llenar el cartón, que va, hay juegos de juegos: llenar una sola columna (B-I-N-G-O), formar la H, la L, la U, la O: cuando hay que llenar el cartón completo se llama Bingo pleno y dura como una hora, que aburrimiento, para que sólo gane uno de los concursantes, esa lentitud me sacó corriendo de este juego.

Ensayé con juegos de naipes y pronto descubrí que los suertudos que ganaban siempre no lo eran tanto; lo que pasa es que tienen una habilidad increíble para manipular las barajas y trabajan en llave con otro jugador. Un día que estábamos jugando 21, el tallador se dejó pescar en la trampa de un desconocido y este, sin preaviso, sacó un revólver y le pegó un tiro; creo que le hizo el gran favor de su vida, cuando se recuperó de la herida jamás volvió a jugar. El truco es tan sencillo que da pena que a uno lo tumben con este recurso: el talador baraja y se las ingenia para dejar un as (comodín) debajo, reparte rápidamente para que apuesten y mira su carta, si no le ha salido otro as o una perra (jota, caballo o rey), deja el as quieto; si le ha salido, da la segunda ronda con rapidez y se da el as que está debajo para completar la relancina o el chipolo y levantar todas las apuestas de la mesa.

Jugué todos los juegos con la baraja: 21, 31, Tute, Jodete (un juego que importó de España un amigo), Lulo, Toruro, King, Queen, Fierro, Póquer, Póquer torurado, y cuando uno no tiene con quien apostar recurre a jugar Solitario. El siguiente paso fueron los dados donde también capté innumerables trampas para esquilar incautos, luego me metí de cabeza en las riñas de gallos y allí descubrí un mundo tenebroso y cruel. No es que los galleros sean malas personas, es que cuando la sangre de los animales empieza a humedecer la arena del ruedo, ese olor se mete por la nariz hasta el cerebro y como este ya está con alcohol, la mínima diferencia en una apuesta ocasiona riñas perores que la de los dos plumíferos. De los gallos si salí escarmentado: una noche como a las once, durante una de las peleas, salí con mi amigo Ricardo del recinto al bar, allí escuchamos madrazos y gritos, luego dos disparos y, en seguida, el tropel de gente que buscaba la puerta. Nosotros corrimos y al otro día nos asomamos a la gallera; había tres Coches policiales y supimos que dos galleros habían dejado sus almas en el ruedo.

Como el que es jugador es jugador, empecé a buscar nuevos motivos para “invertir la plata”. Olvidaba decir que después del susto de los gallos dejé el juego por siete años, me casé y vi nacer y crecer dos hermosos hijos, cuando el demonio quiere perder a una persona no escatima esfuerzos. Un día pasaba por el frente de un local que decía CASINO ORQUIDEA, máquinas Paga-monedas, dije: como así, ¿luego no son traga-monedas?, lo cierto es que entré y me quedé, ya llevo como cinco años asistiendo “sagradamente” a este casino (el tiempo se vuelve algo borroso cuando la mente está concentrada siempre en las apuestas). Aquí no había que apostar contra otra persona, nadie le robaba a uno las apuestas o le trocaba los dados o las cartas. Era yo enfrente de una máquina fría y bruta (eso pensaba).

La primer moneda que introduje por la ranura de las apuestas fue mi perdición, ya no volví a parar, todos los días voy a jugar y si no tengo dinero para meterle a los ingenios de la tecnología, pues me paro a mirar hora tras hora a los otros jugadores y a comentar con otros varados como yo las incidencias de los diferentes juegos. Recién entré en el mundo de las maquinitas, solo existían esas de tres carriles, con un brazo en el costado para echarlas a andar y rogando a Dios para que se formen los TRES 777, BAR-BAR-BAR, las cerezas, los Bar dobles o triples y demás combinaciones; poco después aparecieron las de cuatro carriles con las mismas figuras pero agregaron JOKERS y ahora para optar a un buen premio debían formarse cuatro figuras iguales, otras opciones daban premios ridículos, llegaron los FARAONES y los VAQUEROS, en fin, para los jugadores de maquinitas el paraíso.

El demonio me puso la trampa perfecta, después de varios años sin jugar, me sentía curado de la adicción, el problema fue cuando el maldito Satanás, a las primeras de cambio, hizo que la hermosa máquina centelleante de luces multicolores me diera el premio mayor. ¡EUREKA! Grite, como Arquímedes, ya descubrí la forma de ganarle a estas benditas, y así empecé a ir a diario y a decir mentiras en todas partes para ocultar las verdaderas razones de la pérdida de dinero de la cartera de mi mujer, de objetos de valor que extrañamente se perdían en la casa, de os atracos que me inventaba para justificar el dinero que llevaba al banco y que había dejado en uno de los casinos de mi ciudad. Desde hace tres años llegaron nuevas máquinas que funcionan es con billetes y son más adictivas que las de carriles. En estas hay que alinear cinco figuras iguales pero dan mas opciones de ganar y de apostar.

Dicen los que no saben que el dueño del casino siempre gana; por supuesto que sí, pero no es porque los aparatos no arrojen los premios ofrecidos, lo que ocurre es que los aquejados por el virus del juego cuando ganamos nos quedamos con la disculpa de que “estamos en racha de suerte”, hasta que los aparatos vuelven a quitarnos el dinero. A los diferentes casinos va un tipo que llaman “El Profe”, es un man callado que casi no se mete con nadie, es cordial y saluda pero no es amigo de ningún jugador. Se sienta ante una maquinita, juega dos o tres billetes y si no gana nada pasa a otra y asi hasta tres veces, cuando se da cuenta que no es su día se va y punto. Varias veces lo hemos visto ganar, sacar el premio mayor y lo hemos seguido convencidos de que va para otro casino a seguir jugando, que va, compra un pollo y para el primer colectivo que lo lleva a su casa. Todos pensamos que es muy mal jugador pero en mi soledad pienso que no, que este si sabe jugar porque si pierde un poco, dice no es mi día y se va; si gana, cobra, a veces da pelo (propinas) y se va con el bolsillo lleno.

Los que tenemos problemas con el maldito, mil veces maldito juego, no podemos parar como ese malparido que le dicen “El Profe”; uno gana y le da como tembladera porque piensa que ese día Diosito Santísimo lo tiene destinado a lograr que el casino quiebre y, de ese día en adelante quebrar todos los casinos del puto mundo y se concentra uno en todas y cada una de las máquinas pensando en ir a Las Vegas y a Montecarlo a jugar y enseñarle a esos pendejos como es que juegan los colombianos pero los sueños de grandeza y de triunfo se van diluyendo a medida que el dinero que se ganó a comienzo de la noche está llegando a su fin. En este punto empieza una a pensar que disculpa le saca a la mujer, al del arriendo, al rector del colegio para explicar la desaparición del dinero. Uno jamás piensa tirarse toda la plata, sólo invertir unos pesos para multiplicar el capital, pero eso nunca sucede; ya lo dije y lo repito, el adicto, cuando gana, se empecina en multiplicar el premio hasta que llega la hora de cerrar el casino y uno queda en la calle como un perro sin dueño.

A veces un ganador de la calaña de uno queda con dinero, no porque no desee jugar más, ¡Qué va!, lo que ocurre es que cierran el casino y a esa misma hora todos los casinos y tiene que irse para su casita y esperar hasta mañana para volver a jugar. Este colega en la desgracia, de pronto, se conduele de la suerte de los perdedores porque también ha sido perdedor y da pelo para que otro dia uno se conduela y le dé a él. En serio, la tristeza, la angustia, el dolor por la pérdida hace que uno le jure a Dios, a María Santísima, a todos los santos que nunca va a pisar un casino, eso dura poco tiempo… hasta que se echa un billete o se apuesta una ficha en la mesa de Black Jack o la ruleta. He llorado infinidad de veces sentado a la orilla de la carretera esperando un carro grande para arrojármele y acabar de una vez por todas. La angustia es grande pero la ansiedad de jugar es superior a la razón. Eso no lo entienden las personas normales, por eso uno se rodea de adictos para justificar su desgracia.

Ya convencí a mi madre para que venda la casita que nos dejó mi padre al morir y me preste el dinero para invertirlo en una empresa familiar. Eso les digo a ella, a mi mujer y a mis dos hermanos mayores; yo quiero de una vez ir a l casino de mis desgracias y sentarme máquina por máquina a apostar hasta sacarles a todas el premio mayor y entonces sí, lo juro por mi Dios del cielo, por su Santísima Madre, por san José, el Niño Jesús, mi madre, mi mujer y mis hijos, que jamás vuelvo a pisar la puerta de un casino. Bueno, a veces uno exagera en los juramentos, pues ir de vez en cuando y jugar con medida. Varias veces lo he intentado pero era porque no tenía fuerza de voluntad. Ahora, con el dinero que gane apostando lo que den por la casita de mi madre, le compro una mansión para ella solita, otra para mi mujer y los niños, a cada uno de mis hermanos les doy casa y carro para que no jodan y también le doy la vuelta al mundo.

Bueno, eso tiene que esperar a que mi madrecita haga el negocio. Por ahora tengo que pensar como putas le digo a mi mujer que el dinero que sacó prestado, para ponernos al día con todas las deudas, se lo tragaron unas máquinas hijueputas, y que le va a tocar cumplir su promesa de mandarme a la mierda con mis chiros porque el juego es más fuerte que yo, que la gracia de Dios y que todos los juramentos que pueda hacerles. Mientras amanece estoy tratando de sacar valor para suicidarme, pero me detiene la idea de que la plata de mi mamá si puede permitirme cumplir todos mis sueños.

2 comentarios:

  1. Hola mi querido Edgar. Muy interesante tu artículo sobre la adicción al juego. Muy bonito tu blog, está precioso, me gusta mucho. Tengo un amigo que perdió todo debido a las adicciones que tenia, el juego y el alcohol. Nunca quiso buscar ayuda y terminó quedandose sin nada, y hasta a su esposa e hijos perdió, porque lo abandonaron. Las adicciones son tristes, porque dañan no solamante al vicioso, sino a toda la familia. Muy bonito todo lo que escribes en tu elegante blog, no me canso de felicitarte. Muchos éxitos y espero puedan visitarte muchos lectores, para que disfruten de esas cosas tan bellas que escribes y publicas. Suerte amigo y gracias por publicar mi poema, es un honor para mi. Besitos. Carmen Rosa.

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  2. Hace tiempo no leia un blog inteligentemente sarcastico.

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