sábado, 30 de mayo de 2009

DIOS Y YO

Desde que tengo memoria en todas partes viven machacando la idea de Dios pero no dejan que cada ser lo vaya construyendo o encontrando a su manera. Nunca he sido San Edgar, ni mas faltaba pero, por todos los medios he tratado de ser un buen ser humano y eso me permitió, desque que tengo recuerdos, relacionarme con personas de diversas creencias. Esto que muestro más que un monologo es un boceto de algo mas amplio y, si ustedes me colaboran con sus comentarios, con mayores pretensiones. Quiero agregar que estaba por ahí refundido y como hace poco ingresé al grupo con ánimos de publicar, lo saco sin revisar... Así, sin maquillaje, tal como se me vino a la cabeza. ________________________________________ 1-En el principio era el Verbo, y el verbo estaba con Dios, y el verbo era Dios. 2 Él estaba con Dios en el principio. 3 Por el verbo se hizo todo y nada llegó a ser sin él. (San Juan 1, 1-3) "Fe es creer lo que no vemos porque Dios lo ha revelado" (Catecismo del Padre Gaspar Astete) La infancia y la escuela primaria "In ilo tempore dicere Jesu at discipuli sui..." "En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos..." escuchaba todos los días durante la Santa misa; no me era permitido denominarla en otra forma, como la nombraban otros: la misa y, a mis siete años, no tenía el ánimo o el valor necesario para contradecir a los adultos. A decir todo con la verdad me acostumbraron desde la cuna, a pesar de que con una frecuencia sospechosa descubría a los adultos incurrir en la mentira. Los valores morales que me han acompañado durante mi ciclo vital fueron inyectados gota a gota. Primero en el hogar, segundo en el kinder y mis tres años como acólito de la iglesia de Chipaque, Cundinamarca, República de Colombia, todo el tiempo de la enseñanza primaria y, tercero, durante los seis años de internado en Zipaquirá, el mismo departamento y la misma república. Dios me fue inoculado con la fuerza de la Verdad Total y la idea me ha bullido en la cabeza toda la vida con infinidad de interrogantes, a los cuales he tratado de encontrar respuesta por todos los medios que me ha dado la educación, la cultura, la tecnología y la ciencia. Sólo la Fe me da una respuesta total pero no me basta. Las inquietudes permanecen en mi cerebro, después de cincuenta y ocho años que estoy a punto de cumplir; este es un escrito parecido a un examen de conciencia, un inventario, una recopilación o lo que se quiera, que un ser humano normal, aproximadamente normal, hace para ponerse en paz consigo mismo. Es una declaración de inconformidad por la manera que tienen los adultos de inducir a los niños en una religión que traen de sus ancestros y que, esperan confiados, que sus hijos transmitan a sus hijos y así sucesivamente, hasta el fin de los siglos, amén. En largas horas con mi adorable tía Ricarcinda Ángel escuché la lectura de muchos pasajes de la Sagrada Biblia (También con mayúsculas y respeto); en realidad, aquellos relatos sagrados que se le permitían a los menores. Recuerdo que en los tableros de la entrada del templo, en mis épocas de acólito de la parroquia Nuestra señora de Fátima, aparecían unas listas bajo el título de INDEX y eran los libros prohibidos por la santa Iglesia Católica Apostólica y Romana, "so pena de excomunión para el contraventor"; para mí esa última palabra me sonaba a inventor y durante todo el tiempo de la prohibición leí algunos de los libros que aparecían ahí. La Biblia estaba entre los primeros y mi tía "Rica" en su bondad no supo explicarme que una de las razones era la alusión al apareamiento porque en esos años el peor pecado que podía cometer un católico era contra el quinto mandamiento "No fornicarás". A propósito, en el colegio buscábamos afanosamente esta y otras palabras como culo, ano, vagina, coito, mierda, etc. que escuchábamos en algunas conversaciones misteriosas de los adultos y no las encontrábamos y es que los diccionarios escolares eran editados por una editorial manejada por sacerdotes y el corrector de pruebas eliminaba antes de la edición todas las palabras que aludieran directa o indirectamente al sexo. ¿Preguntarle a una persona mayor? Ni en sueños, porque la respuesta podía ser una bofetada o un coscorrón . La editorial católica, a cambio, editó un librito que fue de mis preferidos en los largos y dolorosos años de infancia: "Cien lecciones de historia sagrada". En este se narraban cien episodios bíblicos en forma amena y entretenida de manera que mi primer superhéroe fue Sansón y por derecha admiré al rey David, al sabio rey Salomón, a Daniel en el foso de los leones, a Gedeón y otros personajes bíblicos. Soñé con el diluvio universal y el paraíso sin serpiente y sin enfermedades; esto me atraía sobremanera, a mí que era un niño con todas las enfermedades. Esto no me lo leía la tía; aprendí a leer a los tres años ayudado por ella y por otra tía, Graciela, a quien encontré casi cincuenta años después sola y amargada en una soledad sin hombre tal vez por obedecer el quinto mandamiento. Mi tía abuela leía los Salmos, los Proverbios, el Eclesiástico y el Eclesiastés y yo pensaba: "estos libros se parecen a la Urbanidad de Carreño porque dan y dan y dan consejos y órdenes de lo que no se debe hacer... "a escondidas yo abría la Biblia para descubrir el porqué estaba en el INDEX y no hallaba nada extraño; me daba curiosidad eso de que todos los varones del libro sagrado conocen a sus mujeres y pensaba "pues claro, si no las conocieran no se habían casado" y reía y encontraba que Agar parió a Ismael y que tal parió a tal y vaya al diccionario y nada de parir. Pero esto de conocer y parir no justificaba el veto a la lectura. Debido al asma yo no podía jugar y compartir con los niños normales porque me daba el ataque y si no estaba un adulto que me auxiliara podía morir de asfixia, de manera que me volví un niño solitario que encontró compañía en los libros de lo que fuera. Mi tía abuela "Rica", Graciela y mi madre compraron una obra maravillosa que llenó casi todos los espacios de mi infancia: "El tesoro de la juventud"; en sus veinte tomos creí encontrar las respuestas a mis interrogantes y, en vez de resolverlos me agrandaron las dudas. En el tesoro encontré una sección de libros célebres donde encontré, entre muchos: "El conde de Montecristo", de Alejandro Dumas; "Los miserables", de Víctor Hugo; "Los tres mosqueteros" y otros que ocupaban puestos destacados en el listado de los prohibidos. El amor a los libros me hacía blasfemar: "Si por leer estos libros maravillosos me excomulgan y me echan del seno de la Iglesia, pues me voy para el infierno". Esto no pasó del pensamiento porque hubiera ocasionado un terremoto en mi familia, pero me dejó sembrada la semillita de la duda y, cuando pude, en mis años de juventud, leí las ediciones completas de la mayoría de los libros y autores censurados por la iglesia convirtiéndome en un incrédulo convencional. Dependía donde, cuando y con quienes estuviera me convertía en creyente, escéptico, agnóstico, ateo, libre pensador o lo que fuera y me reía internamente de mis interlocutores. Hasta los nueve años leí los veinte tomos de "El tesoro de la juventud" con avidez. Me agradaban en especial las secciones: "Narraciones interesantes", "Los libros célebres", "Hombres y mujeres que hicieron historia", "Juegos y pasatiempos", El libro de la poesía", y "Los dos grandes reinos de la naturaleza". Las demás secciones me atraían sin apasionarme. Además, mi padre, cada vez que bajaba al pueblo desde la capital, me llevaba revistas de historietas y ediciones resumidas de "Las mil y una noches" que me hicieron volar por los cielos de los escritores célebres y los superhéroes del momento. Después de Sansón llegaron los ficticios que trascendieron hasta este siglo XXI: Superman, Batman, Marvila, Aquaman, Flecha verde, Linterna verde. Otros no sobrevivieron pero quedaron arraigados en mi memoria: Tarzán, Atom, Santo, el enmascarado de plata, Tomajauk, y todos los vaqueros que, no sólo estuvieron en los cuadernillos mensuales sino que llegaron a la pantalla con sus disparos y puñetazos en los saloons del oeste norteamericano. Para mí eran un regalo de Dios, del cual oía hablar todos los días y, por tradición debía creer en Él, ese Señor Dios era mi amigo y todas las cosas buenas que me ocurrían venían de sus divinas manos. Pero, me preguntaba: ¿El asma y todas mis dolencias de donde salen?, preguntaba y nadie me daba una respuesta que me convenciera. Me agradaban los libros de Alejandro Dumas, y en mi mente de niño me martirizaba una inquietud: este hombre recibió la inteligencia de Dios para escribir obras tan interesantes, ¿Por qué la iglesia prohíbe la lectura de unas obras de un hijo de Dios? Y leí: "Los tres mosqueteros", "Veinte años después", "El vizconde de Bragelone", "La mano del muerto", "El terror prusiano", "Los cuarenta y cinco", la interesantísima "El conde de Montecristo" y no encontré nada que justificara la prohibición; aun sigue siendo uno de mis pecados favorito. Entonces me pasé a Julio Verne y lo leí con apetito voraz; no tenía el encanto del veto que acompañaba a su paisano pero era extraordinario. Siempre a escondidas leí los tomos de Santo, "El enmascarado de plata", que salían cada mes y que me llevaba mi padre, hasta que mi madre descubrió que estaban en la lista del anatema y corrió la voz a todas las madres del pueblo; esto hizo que su lectura se volviera la más atractiva para niños y púberes, tenía el encanto de lo vedado. A los siete años me prepararon para mi primera comunión y acepté el sacramento con el corazón fervoroso pero, como anterior a este está el de la confesión, yo temblaba pensando como le diría al sacerdote que por mi vista habían transcurrido miles de renglones de novelas vedadas por la iglesia para los fieles católicos. Me consolaba pensando que como no tenía sobre mi alma el sacramento de la comunión, por tanto, no me podían excomulgar. El sacerdote, (Que también era rector del colegio parroquial San Pío X), confesó por orden alfabético. Para mi fortuna, cuando llegó a la letra T de mi apellido, estaba amodorrado y somnoliento, de manera que escuchó entre sueños mis pecados, eso sumado a que los dije en voz susurrante, pues, creo, a lo mejor no comprendió la grandiosidad de mis faltas, me condenó a rezar un padrenuestro y cinco avemarías y me echó la bendición del perdón. La tradición religiosa de mi familia pesaba demasiado en mi alma, de manera que dejé muchos meses sin leer a los excomulgados y me remordía la conciencia pensando que había engañado al sacerdote al no manifestar mis faltas como debía. Estos complejos de culpa me acompañaron en el transcurrir de mi existencia como cuatro décadas. De pronto apareció en mi universo de lecturas el peor de todos los escritores vetados: José María Vargas Vila, llamado "El Divino"; el villano número uno de la lista. En algunos casos vetaban unas obras pero permitían la lectura de otras; en el caso de Vargas Vila toda su obra estaba estigmatizada, toda. Eso la hizo más atractiva para mí y toda la caterva de muchachos ávidos de emociones, porque no era solamente la lectura de las obras sino el peligro de que a uno lo descubrieran leyendo o le encontraran uno de los libros difamados debajo del colchón u otro escondrijo. Con este escritor si deduje con facilidad la causa de su anatema; en todos sus libros maltrata a los curas, las monjas, los lugares sagrados y todo lo que tenga la mínima relación con la Santa Madre Iglesia. Lo leíamos temblando al pensar en los castigos. Agreguemos el ingrediente erótico, anulado de nuestras vidas, eso lo hacía más odioso y odiado. Nos hacían crecer en un mundo asexuado en el cual cualquier referencia a los órganos sexuales y a lo que se podía hacer con ellos era motivo de castigos, por lo general crueles, para que no volviera a ocurrir. A pesar de los miedos los lectores soterrados, que no éramos muchos ("Cotorra, mis primos Oscar y Miguel y dos o tres que se quedaron en la lejanía, intercambiábamos los libros manoseados y comentarios sobre ellos: Laura o las violetas, Ibis, Los césares de la decadencia, Flor del fango... etc.). Mi abuelita, ese recuerdo tierno que llevo en la memoria, era una señora de origen campesino sin maldad en el corazón, que se encontró en algún recoveco del camino de la vida a mi abuelo, el hombre la engatusó, le hizo un muchacho y levantó vuelo; después regresó sobre sus pasos para darle el apellido y jamás convivió con ella. La viejita me amaba con amor desbordado y me llenaba la cabeza de miedos; a los muertos, a los aparecidos, a los fantasmas y endriagos que habían sido su educación cuando niña allá en su campo natal. Me los transmitió completitos, sin faltar una coma. A mi padre jamás pudo convencerlo de nada, de manera que lo hizo conmigo, su primer nieto. La abuela tenía un altar con todos los santos que lograba reunir y gastaba en velas y veladoras los pocos centavos que lograba reunir; a veces algo quedaba para mí. Me convencí desde los tres o cuatro años de que Dios no podía ser un solo ser porque el Ser Supremo de mi tía Ricarcinda era bueno, amable, maravilloso, bondadoso y con todas las cualidades llevadas más allá de los limites humanos. El Dios de mi abuelita era un revuelto bastante raro donde se reunían la bondad con la ira, el amor con la venganza, el ayuno con la gula y todo por el estilo. Mi nana me narraba unas historias con bandoleros que luchaban por un Dios criminal que los mandaba a matar liberales en los campos de batalla y eran godos pero, pensaba yo, mi tía Rica y mi madre son conservadoras buenas y mi abuela desbarataba mis raciocinios diciendo que los malos eran los godos, y mi madre era conservadora. En mi pueblo godos y conservadores eran lo mismo; liberales y cachiporros significaban igual. O sea, ¿Cada partido político tenía su propio Dios? Si esto era cierto, entonces un dios era bueno y el otro malo y me quedaba temblando pensando a cual de los dos unirme si las mujeres que me cuidaban y remediaban mis malestares tenían sus propios dioses. También los hombres tenían sus propias ideas acerca de la divinidad que me llenaban de inquietudes: ¿Porqué, si el dios de los conservadores era uno y el de los liberales otro, las mujeres y los varones de cada bando no se parecían en las prácticas de sus creencias? Me explico, en las ceremonias religiosas las mujeres y los niños asistían devotamente y participaban según su devoción, mientras, los hombres se quedaban en el atrio del templo charlando, fumando, echando chistes y quemando el tiempo menos en comunicarse con Dios; si el ser supremo era el mismo ¿Porqué las actitudes de unos y otras eran tan distintas? Bueno, y en época de conflictos políticos los liberales no eran bien recibidos en ningún templo, es más, yo escuchaba hablar de los liberales masones y ateos y quedaba más loco que antes. Mi padre era liberal y lo mismo mi abuela; él, poco de ceremonias religiosas pero se echaba la bendición e invocaba a Dios a cada paso; ella, rezaba a todas horas y tenía su propio altar con todas las imágenes que encontraba y santo que no le cumpliera, santo castigado de cara contra la pared. Mi madre, conservadora, lo mismo que la tía Ricarcinda y toda su familia, oraban con fervor casi fanático, a un Dios al que había que temer y rendirle adoración reverencial. Cada vez me enredaba más y más y en mi mente infantil penetraban con mayor fuerza, a veces, los pensamientos de los escritores prohibidos que los sermones del padre Aquilino Peña Martínez, las lecturas de mi tía abuela, de mi abuelita paterna y de toda mi parentela católica, apostólica y romana. Mi madre ocupó espacios pequeñísimos durante mis primeros años. La pobre soportó a mi padre que, gracias a Dios, según ella, bajaba al pueblo desde la capital esporádicamente y la mayor parte del tiempo lo dedicaba a los compinches. Creo que a mi santa madre le dedicaba las noches porque se encargó de embarazarla once veces. El primer parto dio a luz una niña que murió a los pocos días; en el segundo intento llegué yo con todos los males del mundo y como mi madre estaba el La Vega, un pueblo de clima cálido, allí me correspondió aterrizar en este planeta. Más me demoré en pegar mi primer berrido que en enfermarme, de manera que me bautizaron de inmediato; salí alérgico a la leche materna y a todas las leches animales, de manera que no gocé la delicia de la ubre y el calor maternos, a los tres meses me entregaron a mi tía Rica y a mi abuelita Amalia y rumbo a Chipaque. Después fueron llegando el resto de mis hermanos con diferencias de año y medio entre uno y otro. Por estas y otras razones, entre las cuales estuvo el trabajo, mi madre no me dedicó demasiado tiempo. Ahora, viejos los dos, me dice que yo fui el más juicioso de los diez sobrevivientes y como pasaba el tiempo leyendo, ella se desentendió de mí para dedicarle su atención a los hijos rebeldes, desordenados, malcriados e indisciplinados. Santo, el enmascarado de plata, hacía el mismo recorrido que Dante Alighieri en "La Divina Comedia" (en los tomos mensuales que nos llegaban de México) y de su mano conocí el infierno, el cielo y el purgatorio llenándome de terrores que me acompañaron cuatro décadas. Con él combatí a Drácula, Franckenstein, El hombre lobo, El caballero sin cabeza, y cuantos monstruos salieron de las mentes calenturientas o alucinadas de algunos seres humanos. Santo, el luchador de los sueños asombrados de millares de niños en el mundo hispano parlante, era una realidad para mí y, estoy seguro, para otros niños que no podíamos separar la ficción de la realidad. En varios episodios murió y resucito de la mano de Yira, su gran amor, que llegaba desde el más allá para devolverle el soplo vital y decirle que en el futuro se reunirían en el cielo de los justos, le daba un beso y se evaporaba. Para mí morir y resucitar eran algo tan sencillo como dormir y despertar y ese Dios que me infundieron desde la cuna, que no permitía que Santo pereciera, de igual forma me sacaría de las garras de la muerte cuando un ataque de asma me sacara de este mundo. No estoy seguro, me parece que fui acólito o monaguillo, si se prefiere, durante tres años. Desde que hice mi primera comunión con el Pbro. Aquilino Peña hasta la llegada del párroco que lo reemplazó: Isaac Montaño, quien cambió a los cuatro acólitos pero dejó al sacristán, un muchacho llamado Carlos Gacharná, quien me martirizaba con mis miedos a los sitios encerrados y a la oscuridad. A mí me parecía un viejo de mas de veinticinco años y ahora, cincuenta años más tarde, me doy cuenta de que nos llevaba (a los acólitos) unos quince años, nada más. Mientras el sacerdote oficiaba yo me sentía Santo Domingo Sabio, el niño ejemplar que alcanzó la santidad a pesar de haber dejado el mundo a la tierna edad de 15 ó 16 años, no estoy seguro. Durante mi adolescencia inquieta y repleta de interrogantes me decía que de que demonios se habían valido para convertir en sagrado a un niño que nunca cometió pecado y no lo hizo porque nunca tuvo la oportunidad. Según lo que nos decían en el colegio no dijo mentiras, no hurtó, no tuvo ira; mejor dicho, un niño lejano a las ideas que uno tiene cuando infante de como debe ser un niño. A los quince años yo pensaba que el muchachito debió ser el tipo más aburrido de la creación y la imagen de esos niños mimados que salen en algunas películas y que se convierten en el centro de los rencores de los chicos de su edad porque todas las madres sueñan con que sus retoños se comporten igual y a uno le provoca darles un puñetazo bien colocado y reventarles las narices y ponerlos un ojo morado. Después supe de un santo que siempre me cayó bien: Don Juan Bosco. Su vida me parece la de un hombre que si mereció que lo santificaran. Por derecha me enteré de que santo Domingo fue uno de sus muchachos, uno de los más fieles que estuvo en el Oratorio de don Bosco en las buenas y en las malas. A mí que no me volvieran a mentar a su santito. Pero a los nueve años me esforzaba por parecerme a él para darle gusto a las mujeres que me rodeaban y cuidaban con tanto amor. Pasé los primeros doce años de mi existencia en el susodicho pueblito denominado Chipaque donde me insuflaron en la mente que casi todas las acciones eran susceptibles de convertirse en pecado, de manera que todos los días me cuidaba de no cometer ninguno para no tener que confesarme y poder comulgar ( Claro está, después de los siete años). La hermosa tía Ricarcinda era el juez más benévolo del mundo y, a pesar de que se conservó soltera durante sus ciento un años de vida, parecía conocer los secretos del corazón de los niños y perdonaba con extrema facilidad. Si uno comía o bebía con hambre o sed extremas, era gula; la menor rabieta era ira; el deseo de poseer riquezas y acumularlas, avaricia; desear a la mujer del prójimo, lujuria; Etc... jamás nos explicaron todos los diez mandamientos; el sexto y el noveno estaban vetados y nos rondaban los malos pensamientos que no encontraban respuestas en los diccionarios ni en los libros: fornicar y desear la mujer del prójimo nos parecían los mayores misterios de la cristiandad... y, ni soñar con preguntarle al cura. Pero, insistían en decir que los pensamientos impuros eran pecaminosos y uno sin saber que era un pensamiento impuro. Tal vez el "maestro" Vargas Vila nos inició en ese misterio porque algunos pasajes de sus libros nos aceleraban el pulso y sentíamos cosquillas en los testículos. Sin embargo, no eran pensamientos impuros, si acaso lecturas impuras y quizás debido a eso, mas lo de los curas y las monjas, fue que lo condenaron al INDEX. Estaba en quinto de primaria cuando Vicente Torres, uno de mis amigos lectores, a su regreso de unas vacaciones en Bogotá llegó con unas revistas Play Boy donde se veían hermosos cuerpos femeninos desnudos. Ahí si entendimos con claridad lo de los malos pensamientos que para nada nos parecían malos y menos perversos. Hasta los doce años la imagen de Dios que tenía grabada era la de un ser sumamente poderoso y terrible que estaba en todas partes y conocía hasta el pensamiento más pequeño de los seres humanos. Me repicaba por dentro la sentencia: "Teme a la ira de Dios", que acentuaba la imagen de un Ser Supremo castigador y justiciero que se desquitaba con algunos seres humanos de los errores de otros. Cada vez que una calamidad enlutaba un territorio del planeta oía comentar "Eso es castigo de Dios", no importaba de que país se tratara y hablaban de Sodoma y Gomorra y algunos años más tarde supe a medias la historia. Ese Ser temible me quitaba la paz y cuando en la Santa Misa hablaba el cura de Jesús y de la paz yo no podía conciliar que una persona tan amable y apacible como Jesucristo fuera hijo de ese Señor que se enfurecía y enviaba terremotos, huracanes y otros castigos sobre la humanidad agobiada y doliente. Mi lía Rica trataba de conciliar mis ideas pero yo seguía con las incertidumbres. Para nada ayudaba el Espíritu Santo que conformaba con los dos anteriores la Santísima Trinidad. En mi mente infantil no cabían un SER lleno de iras contra los incrédulos, un Cristo que dio su vida por todos los pecadores y otro Ser Supremo lleno de sabiduría en un solo dios verdadero. Eso no podía ser verdad. Si a esto se suman las representaciones pictóricas, las incertidumbres crecían: Un viejito barbuchas en el centro, su hijo Jesucristo a su derecha y sobre ellos una palomita blanca echando luces por el pico no se me hacía que se parecieran y menos que conformaran un solo Ser. Superman me llenaba de respuestas. Para mí que Dios era un Superman pero de otros tiempos y con súper poderes pero, el de las historietas usaba sus poderes para el bien de la humanidad y el de la iglesia dependía de su estado de ánimo para emplearlos en cosas buenas o en castigar por parejo a malos y buenos porque en las catástrofes morían justos y pecadores. Cuando comenté con mi tía Graciela mi deducción me soltó una bofetada que me convirtió en católico ferviente sin derecho a contradecir las verdades y los misterios de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana; mientras me acariciaba la mejilla, para aliviar el dolor, pensaba: luego, ¿no es colombiana?; sin atreverme a decirlo en voz audible. Me sumergía en la lectura y "Las mil y una noches" me presentaron otro dios llamado Alá; muy parecido al nuestro pero con mayor cantidad de mensajeros en el mundo en forma de genios, demonios y otros seres fantásticos que concedían tres deseos cuando uno frotaba un anillo o una lámpara. Entonces decidí ser, cuando grande, musulmán, para que Alá y su profeta Mahoma me concedieran no tres sino todos los deseos que se me vinieran a la cabeza, volar en alfombras voladoras y conocer países llenos de misterios. Me cuidé mucho de comentar esta idea con nadie, el recuerdo de la bofetada anterior me hizo precavido y algo me decía que la amable tía Rica tampoco se iba a poner alegre con mi resolución. De pronto con mi abuela podía intentar pero alargué por años mi decisión de comentar mi deseo de convertirme al Islam. Sin embargo, continué con la lectura de los cuentos de Scherezada y soñando con esos paraísos persas. Desde mi primera comunión tuve un problema personal con los sacramentos, en especial el de la confesión; no entendía el porqué de la situación de que un ser humano se arrodillara al lado de otro ser como el en un sitio tenebroso llamado confesionario y le hiciera un relato minucioso de todas sus faltas para que, al final, el sacerdote decidiera como hacerle pagar sus debilidades. Siempre me causó no miedo sino desconfianza este sacramento y como era indispensable para comulgar decidí no pecar para no tener que confesarme, lo malo es que los libros vetados por la iglesia me atraían más que los otros y mis pecados eran repetitivos: Acúsame padre que hice lecturas indebidas. Y el cura, que destinaba un día especial para los niños del colegio, imponía una penitencia leve sin averiguar cuales eran dichos textos y echaba la absolución. A mí me quedaban arrepentimientos de conciencia y me hacía la promesa de explicarle con pelos y señales cuando se presentara una ocasión propicia pero procuraba que esta no llegara; así tranquilizaba mi conciencia. En el colegio San Pío X hice la primaria en siete años: dos de preescolar y cinco más de preparación para el bachillerato. La clase que me martirizaba la vida era la de "Educación religiosa y moral". Debíamos aprender de memoria el Catecismo del padre Gaspar Astete S. J. Y para al frente de la clase a contestar el interrogatorio de la profesora. La señorita Bernarda, hermana del padre Peña, era rígida y castigaba a los infractores con palmetazos en las manos. Me tocó en suerte mi tía Rica pero nunca tuve inconvenientes en aprender el librito porque siempre he gozado de una memoria buena. Par no olvidarlos, escribiré una lista de lo que más preguntaban en los concursos de Religión: Los diez mandamientos, Los siete sacramentos, Las obras de misericordia, Las bienaventuranzas, Los dones del espíritu Santo, Las postrimerías del hombre, Las virtudes teologales, Los enemigos del hombre, Las 100 lecciones de Historia Sagrada y otros temas no menos importantes. Pero, siempre el pero, mis favoritos eran Los siete pecados capitales, los aprendíamos de memoria pero nadie los explicaba y ¡Ay! Del niño que preguntara, sobretodo La lujuria y, por descontado, era el pecado que más dejaba curiosidades en nuestras cabecitas inquietas. Estaba lejos de saber que en la secundaria el suplicio sería mayor. Un profesor español, cuyo nombre quedó en el olvido, de apellido Urueña, nos castigó aprendiendo de memoria el "Catecismo superior de la doctrina cristiana", del padre Rafael Farías; no me atrevo a escribir S. J. porque de pronto incurro en una herejía si lo cambio de Comunidad y no recuerdo si era o no de la comunidad de San Ignacio de Loyola. El demonio fue otra constante terrible durante mis primeros años. Mas tarde, en la adolescencia, caí en la trampa de revolver creencias, de mezclar religión y paganismo, de meterme de cabeza en filosofías, pseudo ciencias, lecturas exóticas y manifestaciones de rechazo a todo lo establecido por el prurito de llevar la contraria a los adultos. De nuevo leí hasta el cansancio todo lo que cayó en mis manos. Los seis años de internado en la Escuela Normal para varones me dieron la oportunidad, durante las eternas tardes de los sábados de castigo para leer algunos libros de los maestros rusos, en especial Dostoievski que se introdujo en mi cerebro con "Crimen y castigo"; de allí en adelante se incrementaron mis complejos de culpa que vine a exorcizar en la universidad, cuando me encarreté con el Psicoanálisis del viejo Sigmund Freud y me dije, parafraseando al genio: "El pecado no existe, todas las fallas humanas que causan remordimiento sólo son complejos de culpa", de ahí a decidir que si no sentía ningún remordimiento, entonces no había pecado, era un paso... y yo lo di, entonces recuperé la paz y con ella el sueño. Como manejaba la culpa, dormía como un santo varón al final de un día de haber trasgredido por lo menos tres mandamientos de la Ley de Dios Por lo general salto de un pensamiento a otro. No sé si está mal, pero así me van saliendo las ideas. Mi abuelita y la muchacha del servicio eran poseedoras de unos demonios que me quitaban el sueño por sus características tan espantosas. Mi tía Rica tenía unos demonios que yo manejaba con facilidad; era suficiente mi buen comportamiento para que se mantuvieran en lo profundo de los infiernos y no salieran a molestar a nadie; mientras los de las primeras, andaban por todas partes esperando la oportunidad de hacer daño, a mí, en especial, y podían sacarme de la cama a media noche y llevarme a rastras hasta la puerta del cementerio; y no lo contaban para asustarme, ellas mismas estaban convencidas de que si fallaban ante Dios estos espíritus del mal vendrían por ellas en noches oscuras. Indistintamente utilizaban los nombres de: Satán, Demonio, Satanás, Lucifer, Mandinga, El Patas y otras que aparecerán en el transcurrir del relato. Como a mediados de la escuela secundaria nos encontramos (Dos amigos y yo) con la extraña belleza y satanismo de los malditos franceses. En la misma forma que leí los del INDEX leía ahora a Mallarmé, Rimbaud, Valery, Apollinaire y otros que, aunque no malditos estaban vetados por los profesores de literatura y, por supuesto por el maestro de religión que casi se infarta cuando le preguntamos "Profesor, usted que opina de...? No he podido comprender como se sataniza con tanta facilidad a una persona o a un grupo artístico o literario por la simple razón de exponer ideas que no concuerdan con las de la mayoría. Con los años aumenté mis dudas con relación a todo y moriré lleno de ellas porque las lecturas sólo contribuyeron a aumentar los interrogantes y, cuando un pensador, filósofo, profeta o lo que fuera, me despejaba unas incógnitas, me sembraba la semilla de la duda con respecto a otras "verdades" incontestables. En algún momento decidí, de una vez por todas, que si era conveniente o necesario creer, lo haría por un Dios personal que llenara mis expectativas y necesidades. Desde entonces me acompaña y me da la fuerza, la tranquilidad y la serenidad que no pude lograr con las creencias de grupo.

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