sábado, 12 de septiembre de 2009

ABUELO


(Este bello poema me lo cedió mi gran amiga Elena Ortiz Muñiz, de México)

Con cariño y gratitud recuerdo aquellos felices días
en los que eras un indio aguerrido y yo un vaquero valiente.
Tumbados en el césped inventábamos historias
algunas muy divertidas, otras reflexivas...
Mi niñez fue diferente.
Tu caricia, el mejor alivio al dolor de una nalgada
y tu sonrisa capaz de animar a la persona más desalentada.

Tus manos, puños de hierro, dispuestos a protegerme,
al mismo tiempo algodón y seda prontas a acariciarme.

Hoy, han pasado los años. Ahora soy un hombre joven
con vigor e ilusiones. Tantos planes que difícilmente en mi mente caben.
En cambio tú te volviste frágil. Envejeciste, te sientes vulnerable.
Pero tu espíritu, viejito mío, es roca impenetrable.



Te miro con cuidado mientras vienes a mi lado
a veces tus ojos son tristes, como los de un chiquillo abandonado.
Caminas lentamente con tu figura trémula y encorvada
sobre tus hombros el peso de una existencia cansada.

Y sin embargo, has sido un compañero vigoroso
el amigo, el cómplice, el secuaz más amoroso.
Dispuesto aún a realizar hazañas y proezas
sin importar que el hacerlo te deje cansado y sin fuerzas.


Con atención, respeto y seriedad, escuchas mis inquietudes,
señalas con tiento mis defectos, engrandeces mis virtudes.
Me guías, me instruyes, me educas con firmeza y bondad
y por ti aprendo a ser hombre, como tú, un hombre de verdad.

Sé que piensas que mi juventud me llevará de ti lejos.
No te debes preocupar. Somos cómplices viejos
y si debo acortar el camino para llegar hasta ti
uñas, dientes y puños prestos para volver aquí.

No temas, querido abuelo, siempre contigo estaré,
orando por ti en mis plegarias, suplicando porque estés bien.
Recortando estrellas de las servilletas y armando barcos de papel
tengo de herencia tu temple. Nunca te fallaré.


Abuelo, padre y niño: todo a una sola vez. A Dios debo gradecer
por permitirme conocer a este ser hermoso que no creo merecer.
Que es mi aliado querido y confidente fiel.
Unas veces inseguro y tímido, otras, firme como pared.

¡Resiste mi papá grande! ¡No te dejes abatir!
Recuerda que el gallo canta porque llama a combatir.
Tú puedes someter el tiempo y la enfermedad.
Nada te ha detenido. Siempre vences a la adversidad.

Abuelo. Mi héroe de verdad. Un Dios de carne y hueso
que logró colmar de amor mi vida y mi existencia alumbrar.
Te quiero tanto ancianito mío. Siempre te voy a honrar
y por doquiera que tu trémulo paso deje huella al andar...

¡De rodillas me pongo para besar ese piso que quedó bendecido
y para honrar ese suelo al que tu roce enalteció!...mi viejito tan querido.



Elena Ortiz Muñiz

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