miércoles, 9 de noviembre de 2011

ME INVITARON A COMER




Esta historia me pertenece y es cierta cien por ciento. Ocurrió durante una época en que cinco muchachos permanecíamos más en el municipio de Mosquera que en Facatativá.
En la hacienda Casablanca, celebraron una tremenda fiesta a la cual asistimos y amanecimos, sin avisar a nuestros padres. Al amanecer nos invitaron a tomar leche fresca en el establo y como era un detalle bien curioso bajamos. Las vacas estaban alineadas culo frente a culo en los ordeñaderos automáticos y cuando yo pasé en medio de la fila una vaca  churrienta se cagó y me llenó los zapatos y el pantalón de física mierda. Nada se podía hacer así que nos bebimos la deliciosa leche recién ordeñada subimos a desayunar, tomamos tres o cuatro cervezas para el guayabo y... rumbo a casita.
Los cinco llegamos con cara de susto y con el rabo entre las piernas. Yo trabajaba pero les estoy hablando de una época en que se acostumbraba pedir permiso. No sé si ya lo conté, nuestra casa era vecina con la de don Tito y la tienda de su propiedad, allí  había un pequeño patio al frente donde nos reuníamos a disparatar de todo lo divino y lo humano y a criticar a quienquiera que pasara o recordáramos.
Cuando el demonio quiere perder a alguien lo pierde bien perdido. Llegamos en grupo y los demás enrumbaron para sus casas. A todos nos encimaron una silbatina de los mil demonios porque la maldita tienda estaba llena con todos los malparidos del barrio... todos juntos y de testigos para lo que sucedió a continuación. Eran como las diez de la mañana y la bendita llave no abría por la sencilla razón de que mi padre decidió dejarme por fuera la noche anterior, si pensar que yo no iba a llegar. Entonces, golpeé en la puerta:
          -   ¿Quién es?
          -     Yo, padre.
          -     ¿Qué quiere, gran pendejo?
        -      Pues, entrar.
        -     Vaya duerma donde lo trasnocharon...
Mientras esto sucedía como veinte desgraciados de mis amigos se reían a carcajadas en la barda de la tienda. Les menté la madre y aumentaron las risas. En esas se abrió la puerta:
      -      ¿Dónde estaba?
      -       En Mosquera, padre.
      -      ¿Y, que putas estaba haciendo?
      -      Fue que nos invitaron a comer.
     -       Pero mierda porque viene todo cagado.
La carcajada tan hijueputa que soltaron todos los malditos amigos míos  del barrio todavía me resuena en los oídos casi cuarenta años después.
De mi libro Historias Ebrias.

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